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- iam

- 12 abr 2020
- 23 Min. de lectura
Actualizado: 14 oct 2020
CAPÍTULO 1
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¡DIOS BENDIGA EL PLAN B!
“El recuerdo me duele, me duele ahora, y así es cómo el pasado se mantiene vivo.”
Recuerdos del futuro - Siri Hustvedt
“Hope my mistakes don´t make me less of a man
and lately it feel like them shits really can
I´m praying I don´t wake up all alone (...)”
Unfair - 6LACK
De camino al estudio reproduzco el disco East Atlanta Love Letter desde el móvil. Comienza con Unfair, una de mis canciones favoritas. Cuando abro el bolsillo central de mi riñonera para guardar el móvil, el olor procedente de la pequeña chivata donde guardo lo que me había sobrado de marihuana del fin de semana me envuelve. Coloco el móvil entre la bolsita y la cartera.
El olor me retrotrae a la noche en la que subimos al nuevo piso de los padres de Yoel, que por suerte estaba vacío, para fumar porros y ver películas. No hace tanto de aquella noche. La recuerdo porque después de los primeros porros, Darwin y yo, que apenas habíamos empezado a fumar, nos vimos obligados a pagar a Jairo (al que llamamos por su apellido: Campos) para que nos acercara la botella de Coca-Cola de la habitación de al lado. Ahora mismo me siento ridículo por haberlo hecho, pero en el momento era la mejor solución, ya que ninguno de los dos estábamos dispuestos a movernos. La marihuana me convierte en un vago de campeonato. Una de las razones por la que suelo plantearme dejar de fumar. Pero nunca lo hago.
Recorro la Plaza Blanca cuyos adoquines negros contrastan con el color de mis zapatillas, cuando me cruzo con un antiguo compañero de clase con el que he estudiado dieciséis años. Cruzamos miradas y nos saludamos al unísono levantando las cejas al acercarnos. Resulta extraño reparar en los efectos del paso del tiempo en las personas. Ver cómo personas con las que has crecido se han transformado en simples conocidos con los que compartir un cutre saludo al coincidir en la calle. A pesar de que aquel no era uno de los compañeros con los que había tenido mejor relación, es fascinante ver como el tiempo puede transformar en prácticos desconocidos a personas que en algún momento compartieron risas, lágrimas, besos… No obstante, no se le debe atribuir la totalidad de la culpa al tiempo en este proceso. Como alguien me dijo una vez, ¿quién es más culpable? ¿el que olvida, o el que se deja olvidar?
Tras cruzar el paso de peatones que separa las calles Urquijo y Cortés, decido cambiar el estilo de música ya que lo considero muy deprimente para escucharla justo antes de tatuarme. Tonterías mías. Saco el móvil y elijo Te Busco, de mi lista de reproducción “Sukha”. Donde se encuentran las que en mi opinión son las mejores canciones de la historia. Algo atrevido, probablemente. Mientras suena la canción, me pregunto quién me hubiera creído si unos años atrás, alguien me hubiese dicho que consideraría aquella, una de las mejores canciones que había escuchado nunca. Realmente no me parece una obra de arte, pero esa canción se ganó su sitio en Sukha por el simple hecho de que Nelia, durante la época donde todavía podíamos hablar por WhatsApp sin que me ignorara, dejó caer que era una de las canciones que le recordaban a mí.
Me quito el auricular izquierdo en el tiempo que toco el timbre del estudio. La puerta de cristal está cubierta por fotografías de tatuajes que Claudia ha hecho hasta el momento. Los que mejor le han salido, imagino. No me preocupa que ninguno de mis tatuajes sea exhibido en la puerta, ya que la estética no es lo más importante para mí en los tatuajes. Por esa razón no alardeo de ellos por las redes sociales, al contrario de lo que acostumbra el resto. Probablemente con el objetivo de recibir halagos de personas desconocidas a través de las redes sociales, que de alguna manera les haga sentir mejor consigo mismos.
Pocos segundos después, Claudia abre la puerta del estudio.
-Hola Ízan. -al sonreír, sus ojos se achinan casi tanto como los míos un viernes de madrugada tras haberme fumado dos bolsas como la que guardo en la riñonera. El smiley me llama la atención especialmente. Es un accesorio que siempre he encontrado atractivo.
La mujer se echa a un lado invitándome a pasar.
- ¿Qué tal? - continúa.
-Muy bien. -sonrío y accedo a la recepción mientras desconecto los auriculares.
Justo delante de mi se encuentra el mostrador donde exactamente dos semanas antes, habíamos estado ultimando los detalles de los diseños que en breve marcarían mi pálida piel.
Acalorado por el ritmo al que he recorrido el camino de casa hasta allí, me despojo de la riñonera mientras ella cierra la puerta. No me gusta que la gente moleste mientras estoy tatuando, comentó la primera vez que me tatuó. A continuación, Claudia deja caer las llaves al sofá ubicado a la izquierda de la puerta y yo hago lo mismo con la chaqueta.
-He tenido una idea con respecto al tatuaje de la rosa. He pensado que la tipografía adecuada para “What if...” - cita la frase con una evidente dificultad en la pronunciación. No obstante, no me resulta difícil interpretar lo que dice.- es Veteran Typewriter, -veteran tairuaiter es exactamente lo que dice.- creo que es la que más pega con el estilo de la rosa, ¿Qué te parece?
La tatuadora, de melena corta y con numerosos tatuajes, se acerca al mostrador de la recepción para acercarme el papel que todo cliente debe firmar antes de comenzar con la sesión de tunning corporal. A continuación, pasa a la sala contigua para coger los transfers y preparar todo el material.
-Ya sabes que no me importa, así que la que te parezca mejor. -comento mientras toqueteo uno de los joystick de la máquina recreativa. Cuyas luces parpadeantes se reflejan en el cristal que separa la recepción del estudio, y tiñen de un tono anaranjado todo el local.- Además, la tipografía de la última vez me encantó.
- Me alegro de que te gustara. -Añade ella, y me dirige una cálida sonrisa.
Después de ponerlo todo a punto, Claudia se acerca al ordenador próximo a la camilla y enciende el equipo de música: Piiip-piiip. Desde ahí puedo apreciar el tatuaje de Mickey Mouse a todo color en su gemelo izquierdo. Un signo de que dentro de ese cuerpo de treintañera, todavía quedan vestigios de aquella niña que muy seguramente soñaba con ir a Disneyland. O quizás es un símbolo de que simplemente echa de menos aquellas épocas donde era más feliz. Sea por la razón que fuera, aquella niña se había despreocupado de su aspecto físico hacía tiempo, y actualmente su esbelta figura roza lo que considero como pasadita.
Tras acabar con el papeleo y habiendo decidido la ubicación final de cada uno, accedo al estudio para tatuarme. Claudia llena las cápsulas de tinta mientras me acomodo en la camilla a su izquierda. Aprecio a través del reflejo del espejo situado delante de mi, la línea recientemente cortada de mi ceja y el movimiento de mi pierna derecha al compás de la música.
-Creo que lo mejor será empezar con sukha, porque si empiezo por cualquiera de los otros te va a resultar algo molesto mientras tatúo. -dice en el momento en el que enciende la máquina de tatuaje.
Al mismo tiempo, con su mano derecha cubierta por un guante de nitrilo negro, gira mi brazo izquierdo exponiendo la parte posterior. Lugar donde el elefante a puntillismo que me tatuó hace un par de años se extiende desde el codo hasta la mitad del antebrazo.
-No creo que el elefante vaya a necesitar un repaso.- añade ella cuando se incorpora para verlo con más detenimiento.
Aquella postura hace que pueda apreciar un par de michelines sobresalir por el costado más cercano de su camiseta de tirantes.
Una vez habiendo llenado las agujas de tinta, éstas penetran mi piel por primera vez aquella tarde. Una sensación que dicen es adictiva. Aunque no en mi caso. No obstante, debo admitir que no me disgusta la sensación de pintarme. Pintarme. Esa es la expresión que utilizó mi abuela para declarar su desaprobación al ver mi primer tatuaje. De eso hace ya unos años. Desde entonces, a ella, una enfermedad mental le ha hecho perder su memoria paulatinamente. Y yo, me veo sumido en una infinita oscuridad. Debido al recuerdo de una chica cuya sombra parece cubrir todos mis pensamientos.
Charlamos sobre el nuevo capítulo interactivo que Netflix ha lanzado hace un par de días, cuando la complejidad de su título, lleva a Claudia a preguntarse por el significado de la palabra que está tatuando. Igualmente desconocida para ella.
-En la religión budista se considera sukha a la felicidad permanente, que es en mi opinión, lo que todas las personas del mundo buscan. Ser feliz siempre. -noto cómo el rubor se extiende desde mi pecho hasta el rostro con cada palabra.
A pesar de ser bastante social, nunca me ha gustado hablar sobre mis pensamientos más profundos. Como consecuencia, sobretodo mi cara pasa a tornarse de un color similar al de un semáforo denegando el paso. Por lo que suelo limitarme a no ahondar demasiado en mis opiniones.
-Por eso lo ha escrito mi hermano, ¿quién mejor para escribir felicidad en mi cuerpo que él? -pregunto elevando inconscientemente las cejas, incitando a Claudia a coincidir conmigo.
Ella me da la razón moviendo levemente la cabeza de arriba abajo, haciendo gala de su característica cortesía.
Felicidad que está más allá de toda influencia del mundo, es exactamente el significado de sukha. Entendido por mi, como el principal objetivo en la vida de una persona. Pese a que la sociedad se haya convertido en una jungla de animales codiciosos y egoístas que fundamentan sus decisiones en buscar el mayor beneficio posible. Sin reparar en qué, ni quién, es perjudicado por el camino. Sukha se refiere a la felicidad que trasciende lo material. Aquella que emana de la gente que quieres y del amor propio. Sin necesidad de nadie más.
Sin necesidad de nadie más.
Esa es mi voluntad. Para ello, necesito superar una anterior relación que debido a mi egoísmo y a la necesidad de camuflar mis inseguridades utilizando a las chicas con las que estaba, había pasado de ser una realidad, a un nombre más en la extensa lista de chicas que había conocido durante mi adolescencia. Aunque no sepa con exactitud cuáles son las razones que la diferencian del resto.
A ello, se debe añadir la constante lucha que lidio con mi propia conciencia intentando perdonarme todos los desagravios que cometí durante aquella época. Por este motivo, ambos -mi consciencia y yo-, habíamos firmado un pacto desde hacía tiempo, prometiendo que aquella faceta mía no volvería a emerger. No estoy dispuesto a perder una vez más a una chica que realmente me quiera. Como recordatorio, hace un año me tatué: I finally found a way to forgive myself from mistakes I made in my past. Una frase de la canción Revenge de XXXTentation, mi cantante favorito. Lo utilizo para recordar que mi nuevo yo no debe cometer los mismos errores que cometí en el pasado.
Pese a ello, en mi cabeza todavía ronda la idea de que nunca encontraré a una chica como ella.
Mientras tanto, Claudia da los últimos retoques a la palabra de origen indio.
-Y ahí está, primero fulminado. Ahora vamos con la mariposa, ¿vale? -comenta Clau, que gira levemente mi brazo para colocarlo de manera que el transfer sea totalmente visible.- Si quieres puedes ver cómo ha quedado -dice elevando la vista levemente del brazo, en dirección al espejo ovalado frente a nosotros.
Lo rechazo moviendo la cabeza de izquierda a derecha.
Claudia vuelve a encender la máquina de tatuaje cuando de repente recibe un mensaje al móvil. Cuya vibración provoca que se derrame tinta de una de las cápsulas más abundantes de la mesilla. Atiende al mensaje. Es su marido Adrián informándole que se acercará a la cafetería de camino al estudio. Después de pedirle un café cada uno, continuamos con la sesión.
Es el momento de la mariposa.
Con el paso del tiempo me he dado cuenta que las personas intentamos atribuir al destino la razón de ser de hechos de nuestras vidas que no llegamos a comprender. Yo nunca he creído en él. Por esa razón he ido labrándome mi propio camino. Tomando tanto buenas como malas decisiones. A lo largo de mi pubertad, las malas decisiones fueron las más frecuentes, pero ninguna tan importante para mí como la que nos damnifica a ambos.
Sé que quizás suene algo pretencioso hablar de nosotros -de lo que somos o fuimos-, y más teniendo en cuenta que, para ella yo no pertenezco a ese nosotros desde hace ya tiempo. Pero todavía recuerdo cómo nos conocimos. Y casi con total seguridad diría que ella también. Hasta ahora nunca se lo he comentado, sin embargo, aquella pregunta en Ask que propició que nos conociéramos no fue escrita por cualquiera, sino que fui yo mismo quien se la envió.
Pensaba que le habías dado a like sin querer, estuve a punto de no contestarte, me había comentado ella alguna de las veces que habíamos hablado sobre esto. Yo me limitaba a agradecerle que me hubiera respondido.
Podría ser este un ejemplo de acontecimiento que, al menos para ella, podría reivindicarse cómo obra del destino. Pero considero totalmente erróneo este planteamiento. En mi opinión, todo lo que nos ocurre a lo largo de nuestras vidas, es un cúmulo de consecuencias de las acciones realizadas tanto por nosotros como por las personas que nos rodean. Las cuáles nos afectan de maneras diferentes.
Pero, ¿por qué una mariposa? Pues bien. A mi juicio, el ciclo de vida de una mariposa tiene bastantes similitudes con lo que se podría considerar el proceso de enamoramiento. Estos insectos empiezan siendo un huevo. Un huevo que necesita que se den unas determinadas condiciones para que eclosione, y del mismo surja una larva que posteriormente se transformará en una preciosa mariposa. En el amor, ese huevo lo representa la atracción entre dos personas. Con indiferencia de sus condiciones personales. Entre estas dos personas se tienen que dar una serie de condiciones para que de ellas emerja el amor -lo que en el ciclo de la vida de estos insectos, supondría la etapa de la larva y su posterior transformación en una mariposa adulta-.
En nuestro caso, podríamos considerar las primeras semanas del mes de agosto de 2015 cuando comenzó a gestarse la larva. Exactamente cuando reuní el atrevimiento suficiente para enviarle aquella pregunta. Yo tenía diecisiete años, y ella estaba a menos de cuatro meses de cumplir dieciséis.
Durante el mes de junio, mes en el que se celebran las fiestas del pueblo en el que vivo, me había fijado en Nelia Blanco. Una preciosa chica morena que conocí en las redes sociales por ser la mejor amiga de la chica con la que se enrollaba Campos. Uno de mis amigos. Para ser sinceros, la amiga no estaba nada mal, pero Nelia tenía algo especial. Su actividad en las redes sociales me transmitía una madurez impropia de la gente de su edad. Característica que encuentro especialmente atractiva en una persona. Aunque he de admitir que hasta ese momento dudaba seriamente si la había visto alguna vez por la calle. Factor que dificultaba que pudiera conocerla.
Porque, a pesar de no aparentarlo -al menos para la gente que no me conoce-, yo siempre he sido un chico muy inseguro que ha sobrevalorado la importancia del físico en las personas. Incluso el mío propio. Por esta razón, especialmente durante mi adolescencia, uno de mis propósitos era intentar ocultar mis defectos de la mejor manera posible. Intentando aparentar no tener ninguna tara -al menos apreciable a simple vista- por la que el resto pudiera excluirme o increparme. Tonterías. No obstante, pese a ser consciente de ello, años después aún persiste dentro de mí, una pequeña parte de aquel pensamiento que, en ocasiones siento no me deja actuar libremente.
Una de las innumerables luchas que se cobran dentro de mí.
Recuerdo que aquel verano, como llevábamos haciendo desde que tenía nueve años, fuimos a Zahara de los Atunes. Exactamente al mismo apartamento donde nos habíamos hospedado los años anteriores, gracias a la fantástica relación de mis padres con los propietarios. A pesar de ser el séptimo año consecutivo visitando aquel pequeño pueblo de la costa gaditana, nadie de mi familia se había planteado proponer un sitio diferente donde pasar la primera quincena de agosto. Sus maravillosos paisajes, su deliciosa comida, pero sobretodo, el variopinto grupo de amigos procedentes de diversas partes de España -incluso Francia- que nos congregábamos allí durante las primeras semanas de agosto habían transformado ese pequeño municipio, cuya población durante los meses menos vacacionales rondaría los mil habitantes, en lo más similar que he conocido al paraíso.
Esa tarde decidimos ir a la Cala de los Alemanes. Como era costumbre al menos tres veces cada verano. La costa más cercana se encontraba a menos de doscientos metros de nuestra urbanización, lo que no evitaba que usualmente nos decantáramos por la piscina. La mayoría de veces por predilección de casi la totalidad del grupo, y en otras ocasiones, debido al fuerte viento sur que disparaba la arena contra cualquiera que se topara en su camino. Pero la Playa de los Alemanes era entendida por todos como una playa de una calidad superior al resto, por lo que siempre había alguien dispuesto a visitarla.
Mientras recorríamos los casi dos kilómetros que separaban nuestra urbanización de la cala, charlaba con Iñaki. Aunque sólo habían pasado cuatro años desde que nos conocimos -teniendo en cuenta que únicamente nos veíamos quince días cada año- no olvido que en el momento en el que nos conocimos, sentí una conexión especial con él. Una especie de cosquilleo que precedería a una amistad que perdura a día de hoy.
Le comentaba que Nelia me parecía una chica espectacular físicamente. Y que, a juzgar por sus publicaciones en aquella red social de las preguntas anónimas, daba la impresión de ser madura e inteligente. Pero que, pese a ello, dudaba seriamente de que fuera de mi pueblo pues únicamente la había visto en fotos. De ser así, conocerla se haría sumamente complicado pues yo no tenía ni medios ni ganas de moverme demasiado por nadie.
-Ya sabes que yo si fuera tú, y realmente te interesa esa tía, iría a por ella de una. -de una, una expresión madrileña que siempre me había hecho gracia. Porque, aunque pueda parecer raro por su nombre, Iñaki es un jovial madrileño producto del amor entre un empresario vasco y una jovial sevillana con una siempre impecable melena rubia, cuyo color se asemejaba bastante a su descuidado tupé.
Aquel día llevaba su inseparable pequeño altavoz portátil en la mano izquierda, y su enorme toalla azul apoyada en el hombro contrario. Mientras cruzábamos trépidamente la rotonda en dirección a la parte más adinerada del pueblo, le comentaba el largo tiempo que llevaba reflexionando sobre hablarle o no.
- “Que nunca me falten tus labios pa´ besarte, donde sea voy a buscarte”- añadió él en un tono melódico que distaba mucho de la voz de la canción que sonaba desde el altavoz. - Quien sabe, igual te centras, te gusta, y le acabas trayendo dentro de unos veranos aquí para presentármela… Molaría, ¿verdad? -continuó diciendo mientras dirigía una pícara sonrisa de medio lado hacia mí.- Aunque siendo sinceros… todos sabemos como es el Ízan... un picaflor, ¿o no?
No le encontré sentido a la relación de la primera frase con lo que le estaba comentando y, al resto no supe qué contestar, por lo que me limité a dirigirle una sonrisa.
Aún sabiendo que comentarios como ese no eran malintencionados, en aquel momento la satisfacción derivada de la felicidad banal que creaba en mí el poder actuar como me complaciera, me evadía de todos los agravios que, como ladrillos, se apilaban en mi remordimiento. Esperando el momento en que por fin me percatara de todo aquel daño que había causado -y aquel que estaba por causar-. Llegándome a hacer creer en ocasiones, que aquella imagen de prepotente apático que quería proyectar al resto, era realmente yo. Aunque no supiera exactamente quién era, estaba convencido de que era mucho más que aquello. Pero mientras descubría quién era, tenía clara una cosa. Seguía siendo fiel a mi máxima: bajo ninguna circunstancia dejar que nadie me hiciera daño, y para ello, nadie podía conocer cómo realmente era. Resulta irónico ocultar cómo eres cuando ni tú mismo sabes cómo eres.
Después de la obligada parada en el pequeño supermercado Bahía de la Plata en busca de aprovisionamiento para pasar la tarde, cuando llevábamos cerca de tres cuartos de hora de caminata, el sudor perlaba mi frente que, debido a la fuerte intensidad del sol, había transformado su color habitual similar a la de un yonqui adicto a la heroína, en un rojo de poca intensidad. Los bajos edificios rectangulares de los apartamentos de las urbanizaciones habían pasado a ser preciosos chalets de nombres propios. Como era costumbre, varios de mis amigos se encaramaban a los bordes de las vallas de cemento de algunas de ellas para deleitarse observando los lujosos coches aparcados dentro.
Habiendo vaciado la botella de sangría, Koke, mi hermano Óliver y yo, decidimos acercarnos al faro de Caraminal, ubicado en el extremo opuesto de la costa donde nos encontrábamos. Un lugar inexplorado para los tres, ya que ninguno lo habíamos visitado previamente. Y eso que Koke había pasado allí cada verano de su vida.
Una vez habiendo dejado atrás la fracción de recorrido correspondiente a la arena, mientras subíamos la pequeña ladera donde los pasos del resto de curiosos que se habían acercado al faro habían marcado un camino hacia nuestro destino. Óliver, que lideraba la expedición, nos advirtió de la presencia de un cartel alzando el brazo en dirección a su ubicación. El letrero, situado a unos cien metros del faro, advertía: PROHIBIDO EL PASO, ZONA RESTRINGIDA. La primera de las palabras estaba incompleta. La oxidación se había llevado consigo parte de la esquina superior izquierda. Así como el color, que actualmente lucía anaranjado. Desacatando la indicación, proseguimos hasta llegar a la atalaya, cuya fachada lucía peligrosamente desconchada y evidentemente desatendida.
Nada más llegar, Koke se sentó a descansar respaldándose en aquella construcción, que desde mi ubicación se veía enorme. El moderado viento sur le entorpeció encender el cigarro, que se prendió con el cuarto intento. A su derecha, mi hermano, cuya forma física le permitía realizar esfuerzos físicos más exigentes que una excursión de quinientos metros, intentaba forzar la entrada del faro para hacer una visita más “profunda” y seguramente poco legal, de aquella torre. Pequeños pedazos de la fachada caían al suelo con cada golpe de Óliver a la deteriorada puerta de madera. Cuando Koke recobró el aliento, se incorporó e intentó echar una mano a mi hermano en el inútil intento de profanar el faro.
Desviando la atención de ellos, pude por fin centrarme en disfrutar de aquel maravilloso paisaje en el que nos encontrábamos. El agradable viento acariciaba sin demasiada vigorosidad mi cuerpo. En la ladera posterior a la cala, se podían ver los escasos pero lujosos chalets que parecían competir por la atención de los visitantes, consecuencia de su elegancia u ostentosidad. Al fondo, lograba vislumbrar -no sin forzar la vista- la infinita playa de la Virgen del Carmen. Cuya inmensidad hacía imposible avistar su final. En la parte más próxima de aquella extensión de arena frente a nosotros, se encontraba el antiguo bunker abarrotado de gente. Un pequeño grupo de chicas parecían posar para fotos en la orilla de la parte inferior. Mientras, los más osados se atrevían a saltar al agua desde lo alto de la construcción de hormigón. Aquella calurosa tarde, el cielo lucía escampado, lo que permitía poder visualizar la irregular silueta del norte de África en el horizonte.
Maravillado ante tales vistas, erguí los brazos formando una cruz y cerré los ojos, como queriendo abrazar el paisaje. Permanecí unos segundos disfrutando del sonido del mar y los rayos del sol, mientras devolvía inconscientemente los brazos a su posición natural. Cuando volví a abrir los ojos, reparé en que, frente a mí, se hallaba una postal que bien podía pertenecer a alguna isla paradisíaca de Centro América con arena blanca casi polvoriza y de aguas cristalinas que tanto salen en televisión. Una espectacular postal que para siempre ocupará un hueco en mi memoria. Aquel idílico lugar que tan buenos recuerdos despierta en mi.
Unas horas después, esperaba desnudo mi turno para ducharme. Aquel día Óliver había estado más espabilado para entrar en la ducha. Escuchaba la leve melodía de su música desde la habitación del apartamento, justo frente al servicio. Ojeando Instagram, por una razón o por otra, acabé mirando de nuevo las fotos de su perfil. Pocas publicaciones donde apenas se le veía. Ask era mejor opción para estar más al día sobre ella.
Para los que no la conozcáis, Ask es una aplicación que permite realizar cualquier pregunta anónima o no, a la que se puede contestar tanto escribiendo, como con una foto o vídeo. Aunque fundamentalmente, la mayoría de la gente lo utilizaba para, o bien, después de dar like a la respuesta de una pregunta similar a “¿Mg y puntúas?”, la persona que había respondido te puntuara físicamente. O bien para criticar o insultar de forma anónima. Puro entretenimiento, vamos.
A lo largo del mes anterior, Nelia y yo ya habíamos intercambiado un par de puntuaciones superiores al ocho con cinco. Lo que me daba a entender que le parecía guapo, y por otro lado, con su like a mi pregunta sobre las puntuaciones, se atisbaba un mínimo de interés hacia mi opinión sobre ella. Lo que preveía que fuera más que posible liarme con ella. Mi propósito en un primer momento.
El día anterior Nelia había compartido una publicación en la playa con su grupo de amigas. Entre ellas se encontraba la amiga que conocía, Naira. También había respondido que prefería pañales, a un anónimo que le preguntaba sobre su preferencia entre usar bragas o tangas. Una pregunta sorprendentemente frecuente a pesar de su absurdidad.
Después de ojear su perfil por enésima vez ese verano, refresqué la página casi sin darme cuenta. Para mi sorpresa, acababa de responder a Marcos Medina -una de mis amistades del instituto-, una puntuación en la que él la valoraba con un nueve con dos. Un nueve con dos era una nota mucho más que aceptable. Y más teniendo en cuenta que ella tenía un año menos y por entonces, donde vivo, era motivo de chismorreo el simple hecho de ver a una persona de mi edad puntuando así a alguien menor.
Por esa razón temía ser criticado si me enrollaba con ella. Temía que me menospreciaran por estar con alguien menor, aunque todavía peor era la idea de que me rechazara, fuera comentándolo por ahí, y todo el mundo se enterara de que me había dicho no una chica menor. Sería el objeto de risa de todos, y perdería la poca reputación que creía tener. O eso pensaba yo entonces.
Porque, por muy triste que me parezca ahora, durante aquella época, la mayoría de las decisiones las tomaba basándome en cuál perjudicaría menos la imagen que los demás tenían sobre mi. Aún siendo consciente de que la reputación debe ser algo irrelevante para nosotros, la vida me ha demostrado que es algo intrínseco a las personas. Especialmente hoy en día, con la ayuda de las redes sociales. Un arma de doble filo que bien puede servir como herramienta o como puñal.
Desoyendo mis pensamientos más negativos, decidí intentar hablar con ella.
Pero antes debía de trazar una vía de actuación. En un primer momento pensé en hacerlo directamente: mandarle una pregunta sin modo anónimo con mi número de teléfono, diciéndole que me había fijado en ella, que me parecía una chica interesante y que si le interesaba que me hablara por WhatsApp. No obstante, era demasiado arriesgado enviarle mi número a una desconocida, y además, si mis suposiciones eran erróneas, estaría concediendo una prueba irrefutable de mi ridículo modus operandi a juicio del resto, si ella en algún momento lo compartía. Siendo consciente a su vez de que, para los demás, el hecho de no utilizar esta estrategia habitualmente para conocer chicas, no merecía la menor atención. Juzgarían la información a su disposición, y eso me dejaría en muy mal lugar.
Asique ideé una alternativa, un plan B que justificaría que nos conociéramos como producto del destino. Pero el plan era sumamente arriesgado, asique debía pensar bien lo que iba a hacer.
Primeramente, tenía que enviarle una pregunta de forma anónima escribiendo: “¿Mg y das número?”. (Mg es la abreviatura de me gusta). Y esperar a que ella, por casualidad, respondiera. Lo que era poco probable. Pero, si por algún casual respondía, en teoría, debería dar su número de teléfono a todas las personas a las que les gustara esa respuesta. Aunque en la práctica, la gente casi nunca daba el número de teléfono a nadie. Salvo en ocasiones especiales. Entendiendo ocasiones especiales, un ocho con cinco o superiores.
Siendo optimistas y suponiendo que respondiera, pasaríamos directamente al segundo paso. El mismo que más incertidumbre generaba en mi. Si lo hacía, me llegaría una notificación haciéndomelo saber, puesto que había sido yo el emisor de la pregunta. Entonces, debía dejar pasar el tiempo necesario para no dar like excesivamente pronto y que me relacionara directamente con la pregunta. Pero tampoco demorarme demasiado y que, por falta de interacción, la eliminara. Aunque no supiera exactamente cuál sería el tiempo perfecto para pasar desapercibido. Ni cuánto iba a aguantar ella sin borrar aquella infructuosa pregunta. Calculé un tiempo aproximado de entre tres y cuatro horas para pasar desapercibido.
Una vez habiendo dado a like, pasaríamos al tercer paso. El tercer paso dependía totalmente de Nelia. Todo se veía condicionado a que llegados a este punto, si mis suposiciones acerca de su interés hacia mí eran ciertas, ella debía enviarme una pregunta sin anónimo con su número. Y por fin podría empezar a hablar con ella.
Sonaba la tercera canción de Óliver, cuando dejé de escuchar el sonido de la ducha, seguido del ligero chirrido de la mampara. En breve sería mi turno. Después de prepararnos saldríamos de fiesta, lo que me mantendría ausente por unas horas. A pesar de ello, justo después de ver su tímida y ligeramente ladeada sonrisa oculta tras su larga melena color azabache en su foto de perfil, le envié la pregunta. Sin siquiera tiempo para asumir lo que acababa de hacer, entré en la ducha con la misma sensación que la de aquel que acaba de cometer un delito.
Pero la pregunta ya estaba enviada. Ahora sólo me quedaba rezar para que no respondiera durante la noche ni muy temprano por la mañana, puesto que de resaca no suelo madrugar. Aunque, conociéndome, a partir de ese momento no iba a poder evitar estar -al menos mínimamente- pendiente de si recibía la maldita notificación. Por lo menos hasta el momento en el que el alcohol se hiciera cargo de mi cuerpo.
Ya no había vuelta atrás. Después de ducharme, salimos de fiesta.
A la mañana siguiente, desperté mareado y con la cabeza como si estuviera en un campanario. La luz vespertina accedía por la ventana e iluminaba el rostro de Óliver, que todavía dormía en la cama más próxima a la ventana. El olor de la habitación, una feroz combinación entre alcohol y sudor, me revolvía el estómago. Tras unos segundos para recomponerme, cogí el teléfono de la mesilla de noche que separaba mi cama de la de mi hermano. Cuando me acostumbré a la claridad de la pantalla, vi que eran las 13:42. Desbloqueé el teléfono para ver las notificaciones. Nelia había respondido a mi pregunta a las 11:12. Habían pasado casi tres horas. Si mis hipótesis eran ciertas, dentro de unos quince minutos podría darle a like sin parecer sospechoso. Pero, ¿sospechoso de que? ¿De enviarle una pregunta para poder hablar con ella? Cuánto más lo pensaba más estúpida sonaba la idea en mi cabeza. Y más ridículo me hacía sentir. Pero ya casi podía lamer la miel con los labios. No darle like resultaba cada vez más difícil.
Me acerqué al baño y me lavé la cara para intentar aliviar la jaqueca. Me presioné los párpados con los dedos intentando mitigar el dolor de cabeza. Al alzar la mirada reparé unos segundos en mi reflejo en el espejo. Ojos inyectados en sangre encima de unas profundas y amoratadas ojeras… Desde luego un aspecto para nada atractivo. Menos mal que nadie me veía con esas pintas. Aunque, en condiciones normales, algo tenía si mi nota media en Ask oscilaba el nueve. O eso quería creer. Alentado por aquella idea, dí a like a la respuesta. Ignorando por completo la actividad del resto de personas a las que seguía. Habrían pasado unos dos minutos, siendo optimistas. Pero necesitaba hacerlo. Necesitaba saber si realmente le interesaba. Si podría liarme con ella.
Porque estaba convencido de que lo único que pretendía era enrollarme con ella un par de veces. Con suerte me haría una mamada o follaríamos, pero nada más. Ni siquiera consideraba la opción de mantener una relación. Eso de tener novia no iba conmigo. Entendía las relaciones como una especie de represión de la libertad, derivada de la prohibición de tentaciones. Tentaciones a las que no solía resistirme entonces. Y a las que no estaba dispuesto a resistirme. Al menos por el momento.
Al salir del baño me acerqué a la mesa del salón para coger el mando a distancia. Advertí la presencia de una nota. Cuando la miopía me lo permitió, pude leer lo que ponía. Mis padres habían salido a comer fuera y habían dejado comida hecha en la nevera. Junto al mando estaba el Marca de aquel 12 de agosto de 2015, que cogí también. Emitían un anuncio de Coca-Cola mientras ojeaba una noticia sobre la final de la Supercopa Europea que se jugaría en pocas horas. Los chicos habíamos organizado una cena en casa como excusa.
Pero el insoportable calor y el dolor de cabeza no me dejaban concentrarme en la lectura con lucidez. Además, el sudor hacía que el cuerpo se me adhiriera al sillón de cuero. Agobiado, decidí salir a la terraza para tomar el aire. Fuera, la liviana brisa aminoró mi sofoco y redujo mi sensación de agobio. Desde la terraza se podían ver los dos bloques de apartamentos de fachada blanca -el mismo que el de la mayoría de los edificios del municipio- más alejados de la piscina de la urbanización. Separados por un serpenteante camino de hormigón que atravesaba los jardines de los que los empleados se ocupaban con suma diligencia. A esa hora, algunas familias comían reunidas en sus respectivas galerías, provocando una improvisada orquesta con el tintineo de los cubiertos. Tras las vallas que limitaban las inmediaciones de la urbanización, se veían a lo lejos las hélices de una docena de molinos de viento.
Centré mi atención en un niño de unos doce años que se aproximaba hacía mí, procedente de la piscina. Tenía el pelo seco pero su bañador todavía goteaba, creando una hilera de pequeñas gotas a su paso que lo delataba. Por la hora que era, supuse que iría a comer. Iba sólo, pero no fue eso lo que llamó mi atención de ese chaval. Iba sólo pero sonreía. No se deshizo de aquella sonrisa por lo menos hasta el momento que pasó por delante de mí y me dio la espalda.
Aquella sonrisa provocó que mis pensamientos se desviaran hacia otros derroteros mientras seguía observando al joven. ¿Qué tenía aquel lugar en especial para hacer feliz a la gente? Probablemente nada si no tuviésemos en cuenta la fecha en la que estábamos y el tiempo que hacía. Pero, ¿y si lo realmente especial de ese lugar fuera la ausencia de lugares y personas relacionados con nuestra vida cotidiana? Hasta aquel año, nadie que conociera había veraneado por allí. Por lo que nada de lo que había en mi vida diaria estaba en Zahara. Ni lo que deseaba ni lo que detestaba. Cuando estaba en Zahara, sólo existía Zahara. Ahí era realmente feliz. Por lo que se podría considerar que Zahara pertenece a mi sukha.
Efectivamente, Zahara es sukha.
Cuando quise darme cuenta, había perdido de vista al chico. Incliné el cuerpo hacia delante lo máximo que pude en un infructuoso intento de encontrarle. Seguramente había llegado a casa, donde sus padres le esperaban para disfrutar de la paella que la madre había preparado. Después de comer, discutiría con su madre por querer ir a la piscina sin haber hecho la digestión. Tras una breve discusión, su padre le echaría un cable y le permitiría, al menos, poder salir para jugar a las cartas con sus amistades veraniegas. Entonces, sobre las 16:30, podría volver a bañarse.
Permanecí unos minutos sentado a la sombra en una de las sillas del balcón leyendo el periódico intentando ignorar el sofocante calor. Cuando de repente el móvil vibró: Nelia Blanco te ha enviado una pregunta.


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