LA CARA OCULTA
- iam

- 9 ago 2023
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La impenetrable oscuridad envolvía cada rincón del páramo por el que se sucedía la anticuada carretera con dirección a Sadville. Desde el cielo, se entendían los faros de un viejo Chevrolet que zigzagueaban por la deteriorada calzada aportando algo de luz a la escena. En su interior, Dan Sinner, un veterano policía local, regresaba a casa tras una tediosa jornada laboral. Con una mano al volante, consiguió, no sin cierta pericia, encenderse un cigarrillo. La fuerte tormenta primaveral sacudía con brío el vehículo. El chasis parecía gruñir quejumbroso ante las adversidades del clima, ensordeciendo la tertulia de la radio local acerca de las nuevas medidas económicas adoptadas por el gobierno. La errática dirección del coche obligaba al agente Sinner a concentrarse en la conducción. La lluvia hacía que la visibilidad de su entorno a través de la luna fuera imprecisa, difusa. Convirtiendo su vista en algo parecido a cuando, siendo todavía un crío, por temor a las burlas de sus compañeros, se negaba a ponerse las gafas en el colegio, pese a su evidente miopía.
El frondoso bosque a su alrededor apenas era perceptible en aquellas condiciones. Su presencia existía únicamente, como una serie de trazos desdibujados e incoherentes a través de la memoria del agente Sinner, que había realizado ese mismo trayecto en incontables ocasiones. A pesar del temporal, la percepción del entorno era lo bastante clara como para poder advertir la manera en la que los árboles más próximos a la carretera emergían de entre las tinieblas y volvían a desaparecer cuando los faros del coche los dejaban atrás. Surgiendo de la nada por un breve periodo de tiempo, y dejando de formar parte de la realidad en apenas unos segundos. Como atletas demasiado lentos para seguir el ritmo del coche, o quizás, siendo los únicos elementos conscientes de la historia que se desarrollaba a su alrededor, tomaban la sensata decisión de huir del lugar, siendo incapaces siquiera de aguardar a su desenlace.
Si algo estaba sucediendo en las inmediaciones de aquel remoto punto del mapa, debía estar relacionado con Liam Tanneti, un estudiante del colegio de primaria del pueblo que había desaparecido hacía unos días. El agente Sinner se había ocupado de organizar las batidas de búsqueda junto a la extraordinaria cantidad de voluntarios que se había acercado hasta el polideportivo municipal. Durante las primeras jornadas de búsqueda, todavía podía percibir cierto optimismo entre la gente, pero según iban transcurriendo los días, el número de voluntarios cada vez era menor, y la desesperanza fue estableciéndose como una presencia invisible pero difícilmente eludible. A pesar de que nadie estuviera dispuesto a aceptarlo.
Todavía recordaba la noche en la que les fue notificada su desaparición. Era un jueves por la noche. El turno del agente Sinner ya había terminado, y disfrutaba tranquilo en su casa viendo un partido de los Dodgers con su obligatorio puro. La llamada irrumpió estruendosa rompiendo la plácida serenidad del momento y, antes incluso de atenderla, supo que aquello implicaba que no descansaría mucho esa misma noche. Salió de su casa tan pronto fue informado, dispuesto a ponerse manos a la obra. Sabía que las horas eran trascendentales en un caso como aquel.
El limpiaparabrisas gruñía colérico obligado a trabajar a máxima potencia. Al alzar la vista desde su asiento, el agente Sinner reparó en que el cielo encapotado de esa noche apenas dejaba espacio a la Luna para hacerse notar. Su mente le condujo subrepticiamente, a una reflexión que no se había hecho nunca antes, al menos de manera consciente. Y es que, si hasta la Luna tiene una cara oculta que se avergüenza de mostrar al resto, pensó, ¿cómo no van a tener las personas una también?. Desde pequeño, siempre había tenido la sospecha de que cada persona camuflaba una faceta de sí misma en una especie de hábito de ordinariez. Del mismo modo, sabía que había ocasiones en que era imposible seguir manteniéndola oculta y se manifestaba con toda crudeza.
Para su desgracia, había visto aquella cara muchas más veces de las que entonces hubiera llegado a imaginarse. Su trabajo le acabó mostrando que incluso Sadville tenía una. En efecto, concluyó, todo en este mundo posee una cara oculta que no desea compartir. Se trata de una realidad que todos aceptamos de forma tácita, sin pretender descubrir qué hay más allá. Con nuestro desinterés, firmamos una especie de acuerdo de no agresión, que posibilita que se cometan un sinfín de actos deleznables provocando que éste, sea un mundo cada vez más oscuro y desalmado.
No es que el agente Sinner fuera una persona con un rico mundo interior y cierta propensión a reflexiones como aquella, pero quizás, el tempestuoso clima y el estrés de los últimos días estuvieran haciendo mella en su persona.
El Chevrolet El camino estacionó en el aparcamiento de la taberna Stephanie´s en uno de los huecos libres frente a la puerta. En lo alto de su fachada, el fosforescente letrero con el nombre de aquel bar emitía un resplandor excesivamente llamativo a ojos del agente Sinner. Desgraciadamente, todo aquel espectáculo de luces no conseguía engañar a ninguna persona familiarizada con el verdadero aspecto del lugar. El letrero no conseguiría nunca ocultar del todo el desconchado estado de su fachada exterior, por más que emitiera un destello más potente que el del propio sol. Además, las constantes lluvias habían dibujado unos trazos irregulares y oscuros en las esquinas superiores del inmueble, como si, privado de los cuidados básicos que requería, llorara avergonzado por tener que presentarse ante el mundo con aquella deshonrosa apariencia.
La tormenta se apiadó de Sadville de manera abrupta. El aguacero dio paso a una fina y húmeda cortina de lluvia de baja intensidad que parecía mantenerse flotando por encima de la superficie, eludiendo su inexorable caída. Aquel cambio se presentó como el momento idóneo para que la niebla, que aguardaba su oportunidad, hiciera acto de presencia con la gracilidad y la despreocupación que le eran características. Entre la bruma, en un deteriorado poste de electricidad, un cartel mostraba el rostro risueño de Liam Tannetti. Sobre la imagen del chico, el grito desesperado de una familia asolada suplicando ayuda:
¿SABES ALGO DE MI?
El eco de aquella pregunta traspasaba el papel y se extendía a través del sinuoso contorno de la niebla que lo cubría, implorando atención. Por el momento, nadie parecía tener una respuesta satisfactoria para ella, pero alguien debía estar fingiendo. Alguien que se mezclaba entre gente inocente con el mismo sigilo con el que la niebla había llegado a Sadville.
En ese mismo instante, un atemorizado niño de apenas nueve años, despertó sudoroso de una horrible pesadilla. Todavía turbado por el sueño, tardó varios segundos en recordar donde se encontraba. Fue entonces cuando deseó fervientemente regresar a su pesadilla. Ya que, por muy horrible que ésta fuera, siempre podía confiar en que sería capaz de huir de ella cuando así lo deseara. Sabía que no se trataba de nada más que de un mal sueño. Una aterradora creación imaginativa debido a su alterado estado mental. Pero, para su desgracia, la realidad era muchísimo más aterradora que cualquiera de las pesadillas que pudiera recordar.
El minúsculo cuartucho en el que se encontraba, apenas le permitía estirar las piernas, que generaba el mismo hormigueo como cuando se le dormían si pasaba mucho tiempo con ellas cruzadas en clase. Allí dentro, apenas accedía luz alguna, confiriendo al mundo a su alrededor una condición nebulosa, confusa. Resultaba difícil conocer qué hora era y, cuanto más tiempo pasaba allí dentro, mayor esfuerzo mental le suponía tratar de deducir cuantos días llevaba cautivo. Añoraba el calor de su casa casi tanto como añoraba a su familia. Pero el hombre gordo con olor a humo no le dejaría jamás salir de allí. Siempre se lo recordaba.
Privado de visibilidad en aquella oscuridad omnipresente, reparó en la manera en la que el cerebro trabajaba incansable por percibir algún sonido. Cualquiera. Por muy desagradable que este fuera. Tampoco hubiera concebido nunca que, cuando el cerebro no encontraba los estímulos auditivos suficientes en el entorno, echaba el resto por localizar algo con lo que mitigar su necesidad de complacerse. Por ello, a lo largo de aquella sucesión de días donde el silencio lo había dominado todo, como un mudo y terrorífico recordatorio de su actual condición, se había habituado a la amalgama de sonidos de aquel lóbrego lugar. Sonidos que en cualquier otro contexto hubieran pasado inadvertidos para él, ahora lo acaparaban todo.
Procurando hacer el menor ruido posible, apoyó su cabeza contra la puerta, esperando escuchar algo que le diera una pista sobre el mundo más allá de aquel cuartucho. Sabía que al hombre no le gustaba que hiciera ruido y que, si no le obedecía, le obligaría a dormir con él, y frotaría de nuevo el bulto de su entrepierna contra su cuerpo, mientras resoplaba muy fuerte, como si le costara respirar. Los recuerdos de esa noche le alentaban para actuar con sigilo, no quería por nada del mundo volver a dormir con ese hombre. Pegó la oreja contra la pútrida y húmeda madera afinando su oído, esforzándose por escuchar alguna señal de que el señor ya estaba en casa. Pero no oyó nada, salvo el lejano sonido del agua correr por las tuberías. Parecía que fuera estaba lloviendo.
Cuando el agente Sinner accedió a la taberna, lo primero que le asaltó fue La Mirada. No se sabía de su existencia hasta que te convertías en objeto de ella. Para lo cual, bastaba con vestir uniformado y llevar una placa. La Mirada, era una de aquellas particularidades rutinarias que nunca se mencionaban en la academia pero que, con total seguridad, muchos hubieran deseado ser advertidos con antelación. La Mirada, disfrutaba de una naturaleza heterogénea que combinaba complacencia, admiración y menosprecio, en una intensidad que sólo el tiempo era capaz de adaptarte a ella. Por suerte, su efecto imponente no influía en el carácter áspero del agente Sinner, conque se diluyó con celeridad. Y, con su ausencia, el Stephanie´s recuperó su habitual vitalidad. Las conversaciones, momentáneamente interrumpidas por su llegada, se reanudaron como si aquello nunca hubiera sucedido.
Dentro del bar, el ambiente arrastraba un aroma a alcohol y colillas. El interior del establecimiento estaba casi completamente a oscuras, salvo por la luz que iluminaba la barra como si se tratara de un club burlesque, y aquella roída y sucia barra fuera su escenario. Para desgracia del agente Sinner, las atractivas bailarinas habían sido reemplazadas por desaliñados hombres que esperaban encontrar sus virtudes en el fondo de una botella. La única figura que despertaba cierta simpatía en el agente allí dentro, era Robert Kemper, que hacía las veces de maestro de ceremonias al otro lado de la barra. En ese momento, se mantenía ocupado limpiando un vaso sin demasiado ahínco. Al fondo, un televisor reproducía una película de ningún interés para los allí congregados. Aunque, de alguna forma, producía un efecto hipnótico en los clientes, que la miraban absortos sin prestar demasiada atención.
El agente Sinner, tomó asiento en una de las primeras filas junto al escenario procurando mantenerse alejado del resto de personas. Debido a su trabajo, por suerte o por desgracia, conocía a algunos de los presentes. En su mayoría, eran estúpidos borrachuzos que pasaban la noche en el calabozo por frecuentar sitios como éste, y tener la genial idea de coger el coche cuando apenas podían articular palabra. Pero de entre todos aquellos pordioseros, era David Mills quien le engendraba especial repugnancia.
Hace un par de años, mientras el agente Sinner y su compañero Danniel Cho mataban el tiempo en una habitual patrulla nocturna, recibieron una llamada de una anciana de Sadville alertándolos de lo que parecía una fuerte discusión en el piso de uno de sus vecinos. Cuando llegaron a la zona y salieron del coche, los gritos procedentes de la casa en cuestión, eran perceptibles a unos metros de distancia del edificio. Una pareja parecía tener una acalorada pelea, nada fuera de lo normal.
Pero las noches de patrulla podían hacerse muy largas y tediosas, por lo que decidieron ir a echar un vistazo. Los golpes en la puerta pusieron fin al altercado. Por unos segundos, no se escuchó nada. Los agentes comenzaban a impacientarse, cuando la caída de algunos vidrios precedió la aparición de David, que para entonces apenas superaba los veinte años. Su agradable sonrisa no pudo disimular la sombra de preocupación que se dibujó en su rostro al ver a los agentes, que cruzaron una sutil mirada cerciorándose de que ambos lo habían advertido. Tras unas preguntas rutinarias, el joven accedió resignado a dejarles pasar.
El piso, pequeño y algo desordenado, parecía ser la primera vivienda de aquella pareja recientemente independizada. Al entrar en la habitación, la novia de David, de cuyo nombre el agente Sinner no lograba acordarse rememorando aquella noche, estaba sentada en una de las esquinas de la cama. Lloraba desconsoladamente con los brazos entrecruzados encorvándose hacia sí misma, como queriendo hacerse lo más pequeña posible con tal de no llamar la atención. Mientras su compañero revisaba el resto del piso junto a David, el agente Sinner se acercó a la joven. Arrodillado frente a ella, advirtió rápidamente, algunos cardenales en sus brazos. Cuando alzó la vista para mirar al agente, Sinner pudo apreciar en sus ojos el aspecto de alguien que ha vivido una epifanía. La joven, muy a su pesar, había descubierto la verdadera naturaleza de su pareja. Una mirada que reflejaba el shock de una mente que repasaba una y otra vez el pasado, intentando explicarse qué había desatado a aquel monstruo en el que se había transformado su novio. Tras aquello, los agentes no necesitaron mucho más para arrestar a David acusado de malos tratos y llevárselo a comisaría.
Fue justo antes de salir del piso, cuando se produjo el momento que a Dan Sinner se le quedaría grabado a fuego en su memoria. El joven, esposado, se giró en dirección a su pareja que, perceptiblemente desconsolada, aguardaba el momento en que se lo llevaran desde el umbral de la puerta de la habitación. Por sus ojos lacrimosos era fácil suponer que habían estado bebiendo. Pero, a pesar de su estado de embriaguez, en la mirada del chico podía vislumbrarse un odio irreprimible. Aquellos ojos eran la entrada hacia la cara oculta de David. Una puerta hacia su verdadera naturaleza que, en ese momento, se apoderaba de él, sin que pudiera hacer nada por reprimirla. Era algo similar a los árboles de los costados de la carretera, pensó el agente mientras sorbía un trago de la amarga cerveza apoyada sobre el escenario ante él. Permanecen escondidos ante nuestros ojos por mucho tiempo hasta que algo hace que emerjan de entre las sombras.
Habían pasado horas desde que se despertara, y Liam seguía sin oír nada del exterior. La pequeña habitación cada vez estaba más fría a consecuencia de la humedad. Acurrucado en una esquina, el niño cubría sus piernas desnudas con la fina manta de la que disponía en aquel cuarto. Tiritaba tan fuerte que hacía que le dolieran los huesos, mientras rezaba porque el hombre se apiadara de él y le ofreciera algo caliente para comer. Sentía el irrefrenable impulso de pedir auxilio lo más alto que su voz le permitiera, pero temía por su vida. Y, sobre todo, temía a su captor. Se preguntaba si sus padres estarían preocupados por él y si le estarían buscando. Deseaba que no estuvieran muy tristes, pues él estaba siendo lo más valiente que podía con la esperanza de volver a verlos.
De pronto, escuchó el ruido del motor de un coche que paraba cerca de donde se encontraba. ¿Será la policía que me ha encontrado, o habrá vuelto el señor a casa?. Sus ganas de salir del infierno en el que se encontraba le impulsaron, inconscientemente, a golpear la puerta lo más fuerte que pudo. No se atrevía a gritar, era demasiado osado. Golpeaba. Golpeaba tan fuerte que sus débiles nudillos se resintieron.
Poco después, escuchó el sonido de las llaves abriendo la cerradura de la puerta principal de la casa. Respiró aliviado por no haberse atrevido a gritar, si el hombre le hubiera escuchado… Comenzó a percibirse cierto barullo en el piso de arriba de la casa, además de los pasos del señor. Un pequeño silencio. Otra vez ruido. Mierda. El hombre estaba bajando, lo supo porque reconocía el crujido de uno de los escalones que daban al sótano. Seis pasos. La luz de la sala principal se encendió, a unos metros de donde se encontraba, siendo visible entre los tablones de la puerta. El señor se acercaba hacia él.
Se abrió la puerta del cuartucho. El hombre, con una prominente barriga, le pidió con voz suave y complaciente que le siguiera. El paso del chico era lento y titubeante, pues sentía las piernas atrofiadas, entumecidas. Liam ya sabía lo que le obligaría a hacer a continuación. Llegaron a la sala principal del sótano. El señor le pidió que se detuviera en el centro, frente a la bombilla, que daba la sensación de estar sujeta por la inmensa cantidad de telarañas que la unían al techo. La iluminación era penosa, pero lo suficientemente clara como para apreciar la manera en la que el moho se extendía imparable, como una necrosis dispuesta a acabar con la vida de su huésped.
El miedo ascendía por la columna del niño, que permanecía inmóvil en su posición. Ya no temblaba de frío, sino de terror, pese a saber lo que ocurriría enseguida. Mientras tanto, el hombre preparaba la cámara, estratégicamente posicionada en aquella habitación, para que la grabación no omitiera ni el más mínimo detalle. La lucecita roja se encendió y empezó a parpadear. Sin quitarle ojo al pequeño frente a él, se sentó en el ajado sillón junto a una pequeña mesilla que apenas se mantenía en pie. Y, entonces, comenzó a sonar la música.
Los ojos aterrados del niño le observaban con atención. Tras servirse una copa de ron y encenderse un puro, el hombre perdió la paciencia y lo amenazó para que empezara. Sobresaltado por los gritos, el chico comenzó a desvestirse mientras bailaba al son de la canción.
- ¡Así me gusta! -animó el hombre con voz áspera, mientras se acomodaba en el sillón.
Pero algo incordiaba al hombre que, de pronto sacó un objeto de uno de sus bolsillos. Sin dejar de bailar y, totalmente desnudo para entonces, el chico no quitaba ojo a aquello que el señor había colocado en la mesilla. Parecía una especie de cartera, cuadrada, con una insignia distintiva en ella.
- ¡Gírate! Quiero verte por completo. -añadió el hombre en tono imperioso, mientras se colocaba el creciente bulto que se estaba formando entre sus piernas.
Liam obedecía sumisamente. Quería evitar a toda costa acompañar al señor a su cama, otra vez, por haber sido “un niño malo”. Pero quería saber más acerca de esa cartera. Cuando volvió a colocarse de cara a él, sin parar de bailar, forzó la vista para analizar mejor de qué se trataba aquel extraño objeto que no había visto hasta entonces. De pronto, su cara palideció más aún, era una placa de policía.
A menudo pensaba en que, aquel día en el que se había llevado a Liam, había declarado que se encontraba en casa viendo a los Dodgers cuando le llamaron para notificarle su desaparición y comenzar la investigación. ¿Viendo a los putos Dodgers? Pero si ni siquiera soportaba ver un partido de béisbol. Deporte de mierda donde los haya. Pero tampoco había mentido del todo, ¿verdad? Sí que estaba disfrutando de un puro, sí. Pero viendo algo mucho más entretenido y excitante. Rió a carcajadas mientras el chico seguía bailando. Jodidos paletos, pensó, si les dijera la verdad me tomarían por un bromista y no le darían importancia.
El trabajo le había mostrado la cara oculta de muchas personas. Pero sólo el tiempo pudo mostrar al agente Sinner cuál era la suya. El alcohol, no siempre sentaba bien al diligente y comprometido agente Sinner pues, en ocasiones, provocaba que su mente divagara hacia pensamientos que prefería evitar. Quizás, la luz que sacaba a relucir su cara oculta, era la de aquella desnuda bombilla de su sótano. Quizás, los pecados que escondía la del agente Sinner eran tan oscuros que ni la mismísima luz se atrevía a mostrarla por el horror que provocaban las perversiones que escondía.


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