CATÁRSIS parte I
- iam

- 18 oct 2022
- 7 Min. de lectura
“Lo que entonces quedó sin escribir se ha visto posteriormente
inscrito en lo que hoy conozco como mi yo (…)” Todo cuanto amé, Siri Hustvedt
Estoy convencido de que todos hemos experimentado, en algún momento a lo largo de nuestra vida, un episodio que trastoca lo que hasta entonces considerábamos nuestra particular manera de ver e interpretar, todo aquello que nos rodea. Este hecho transforma para siempre nuestra perspectiva concerniente a ese conjunto de lugares, personas y situaciones, que forman parte de lo que entendemos como esencia de nuestra persona, y que ostentan la inestimable cualidad de poder influir hasta en los más recónditos recovecos de nuestro ser, independientemente de que consideremos que éstos se mantienen tan ocultos y ajenos para el resto, que resultan inexpugnables incluso hasta para nosotros mismos.
En mi caso particular, esa experiencia catártica surgió como consecuencia de una historia de amor infructuosa de la que creo conveniente no entrar en detalles, pues el propósito de esta humilde reflexión no gira en torno a eso, sino que pretende que, quien quiera que se digne a dedicar un pequeño momento de su vida a leer esta narración, pueda encontrar sugestivo el análisis introspectivo que realizo de mi propia persona dentro de estas modestas líneas. Un viaje hacia los rincones más íntimos de mí mismo, que pretende dar buena cuenta de mis cavilaciones a lo largo de este proceso de metamorfosis que mi mente experimentó cuando la dicha de un amor correspondido se tornó en un aciago sentimiento de infortunio y despersonalización que me transformó para siempre. Un cambio que, espero, me haya convertido en una mejor versión de mi mismo.
Todo comienza con un sentimiento de vacío. Un vacío que, con el paso del tiempo, cada vez resulta más difícil ignorar. Me siento como un minúsculo caminante solitario que recorre un páramo sombrío de extensión infinita. La oscuridad del páramo, genera en mi una sensación que me torna insensible, mientras acrecienta en mi interior, una insaciable necesidad de encontrar un retazo de algo que no sea este vacío. Fuera de mi mente, todo sigue igual pero es diferente. La vida parece haber perdido su esencia. Pese a seguir trascurriendo en torno a mí, simula no percatarse de mi presencia, manteniéndome al margen. Esto llega a afectar hasta a aquellas estrellas que hasta entonces habían brillado con mayor esplendor, pues ya no son tan brillantes y llamativas. Su fulgor se ha desvanecido. El calor que de ellas emanaba se ha extinguido abruptamente. Nada trasciende. El vacío es todo cuanto percibo.
En consecuencia, mi rutina se torna contra mi, corrosiva e irritante. Una constante sucesión de días idénticos, planos. Largos espacios en blanco que esperan ser rellenados con creatividad. Sabedores de que se trata de una espera estéril. Nacieron condenados a permanecer inamovibles, encadenados a su intrascendencia. Es por ello que, sin advertirlo, voy convirtiéndome en una difusa silueta de apariencia taciturna, que deambula portando consigo algún manuscrito con el que pretendo huir de esta existencia a la que cada vez me resulta más complicado otorgarle un valor lo suficientemente significativo como para que mi continuidad en ella no sea puesta en tela de juicio por motivo de las dudas que, en mi cabeza, ganan firmeza y justificación. A pesar de que las posibilidades de huida de esta tesitura me aterroricen, pues cada una resulta más escalofriante que la anterior.
En esta primera etapa, sus recuerdos concurren a mi memoria de forma nítida y repentina. Mi mente ha decidido asentarse en la inefable frontera que delimita la realidad con el ilusorio universo producto de mi imaginación. Antes, los márgenes que separaban una y otra podían divisarse con claridad, pero ahora todo resulta confuso, irreal.
No sin esfuerzo, logro reconocer aquello que me rodea. Estoy en la estación de tren. Luces cálidas, de tonalidades anaranjadas, se reflejan en las ventanas de los edificios frente a mí. Las montañas, a lo lejos, dejan constancia de su presencia manifestándose en forma de lóbregos lienzos sobre un hipnótico fondo azul celeste. Las ondas del humo de mi cigarrillo emergen vigorosas sin poder hacer nada por evitar sucumbir ante su ineludible destino, perderse en el ambiente. Varias personas de aspecto solitario esperan junto a mí, pero ninguna de ellas atrae mi atención. Sobre mis muslos, mi acompañante estos días: Stieg Larsson con su novela en torno a la misoginia. Pese a encontrar en muchas de mis novelas historias lo suficientemente sugestivas como para hacerme olvidar el verdadero motivo de mi aflicción, no puedo eludir la imperante necesidad que siento de repasar cada uno de los momentos que compartimos. Trato de encontrar alguna razón que me permita entender este giro inesperado de los acontecimientos que supuso la desaparición del nosotros, y el subsiguiente retorno al tú y yo.
Constantemente me pregunto si realmente quiero dejar atrás el vacío que ha generado su marcha en mí. Pues temo encontrarme mejor y que, cuando lo logre, me olvide de ella. Ya que ahora su recuerdo es lo único que tengo y, dejándolo atrás, no me quedaría nada.
Accedo al vagón. Me acomodo en un deteriorado asiento junto a la ventana, distanciándome todo lo posible del resto de pasajeros. Procuro rehuir cualquier molestia que pueda distraerme en mi regreso a la desdichada vida de Lisbeth Salander. Pero, en el preciso instante en el que me dispongo a retomar la lectura, siento cómo el péndulo que dirige a mi consciencia oscila hacia el sentido opuesto. Advierto cómo mi mente se encamina, inquebrantable, hacia la nebulosa y enigmática realidad controlada por mi imaginación.
Paulatinamente, el bamboleo del vagón se convierte en la errática dirección de un endeble vehículo que transcurre, quejumbroso, por una deteriorada senda. Un frondoso bosque comienza a constituirse a ambos lados. Primero como una sensación, una serie de trazos incoherentes, que poco después logran formar parte de la escena en la que me encuentro. Su apariencia es tan real que me supone un arduo esfuerzo recordar que todo aquello no es más que una fantasía. Una fugaz evasión hacia un mundo inexistente que resulta agradable y angustioso a partes iguales. El sonido provocado por la fricción de los vagones contra las vías se transforma en el repiqueteo de la lluvia chocando contra la carrocería del coche. Afuera, llueve profusamente.
Una peculiaridad de estos momentos es que tengo la capacidad de observarme desde la posición de alguien que estuviera viendo aquello como si de una película se tratara. En esta particular ilusión, me encuentro sentado en el asiento del copiloto, apoyando la cabeza contra el cristal junto a mí. Por algún motivo, la silueta de la conductora no llega a definirse con tanto detalle como el resto de la localización. Da la impresión de que no desea deshacerse de su condición quimérica, irreal. Surge en mi una extraña sensación de que un vínculo nos une a ambos. Una especie de unión que conecta a esa imprecisa figura con mi persona. La incapacidad de no poder moldear a mi antojo estas ilusiones me generan frustración, ¿cómo puede ser posible que siendo yo mismo quien las concibe, no tenga plena autoridad en ellas?
Un olor acre a tabaco inunda la escena generando una atmósfera invisible y espesa. En la ventanilla, las gotas permanecen estáticas. Sin previo aviso, una, de carácter revolucionario (con total seguridad, incitada por el conspirador viento, que la convence para unirse a su confabulación), se deshace de esa quietud y comienza a moverse. En el camino, persuade a alguna de sus hermanas menos valientes, y juntas, van ganando velocidad. Tal es así que, en cierto momento, aquellas valerosas desconformes, logran huir del cristal, perdiéndose de mi vista. En mi interior, ambiciono poder atesorar tal osadía, y ser capaz de deshacerme del estupor que me mantiene paralizado en esta desagradable situación. Confío en poder hacerlo pronto. Escapar de mi parálisis lo antes posible.
El vehículo deja atrás el bosque, los árboles se han desvanecido sin siquiera haberlo advertido. El traqueteo causado por el mal estado de la carretera, que se había adueñado del viaje hasta entonces, ha pasado a formar parte de un vago recuerdo de un pasado lejano. Algo similar a lo que ocurre con esos sueños vívidos que creemos poder recordar cuando nos hayamos despertado, hasta que el retorno a la vigilia los evapora para siempre. La lluvia arrecia cada vez con menor virulencia. Nada de esto me sorprende demasiado, esta capacidad de transmutación tan repentina, es una característica intrínseca de esta ficción.
Estacionamos frente a un mirador. Al hacerlo, los frenos del coche producen un quejido metálico que termina con el asfixiante silencio que había cubierto la secuencia desde que la lluvia se retirara en un momento que no recuerdo haber advertido. Nada más detenernos, quedo embelesado con la formidable vista de una inmensa ciudad que se impone ante mis ojos. Cientos de miles de luces, en movimiento, estáticas y parpadeantes, posibilitan disfrutar del hipnótico paisaje. Una amalgama de enormes contornos cuadriculados brotan del suelo hasta perderse en las tinieblas de la noche, haciéndose imperceptibles para los transeúntes que caminan bajo ellos. Aquellos descomunales edificios, me digo, suponen una persistente imagen que deja constancia de la insignificancia de aquellas personas. Unas construcciones que se rigen ante ellas como tortuosos recordatorios de que su existencia es fútil, etérea.
Pero, de entre todos esos gigantescos rascacielos que se alzan ante a mí, hay uno que destaca sobre el resto. Pese a encontrarse a varias kilómetros de distancia, tengo la sensación de que su sombra se prolonga hasta el coche, cubriéndome bajo su robusta autoridad. No sabría explicarlo con precisión, pero algo en aquel edificio aviva en mí una desagradable sensación de inquietud y desconcierto. Siento cómo la desazón surge en mi corazón y se abre camino por mi pecho hasta alcanzar mi cuello. Me siento entumecido, aletargado.
De pronto, el chasis del coche empieza a contraerse, produciendo una maquiavélica sinfonía de chirridos y estridencias anárquicas que me desquician. El espacio dentro del vehículo se hace cada vez más reducido. Desesperado, busco a mi acompañante, pero se ha desvanecido. Estoy sólo aquí atrapado. La situación provoca que mi pulso se acelere y comience a sudar profusamente. En una fugaz mirada a través de la resquebrajada luna, reparo en que el rascacielos se ha acercado tanto, que se yergue a escasos metros de mí. El coche, que muestra un aspecto similar al de una lata aplastada, se ha reducido tantísimo que apenas hay espacio, el oxígeno es cada vez más escaso. Con mis últimas fuerzas, trato de romper lo que en otro momento fuera la puerta del copiloto, pero es en vano. El caos se detiene de forma repentina. Casi no hay sitio para mi dentro del coche. Doy una última bocanada de aire y, con un raudo movimiento, el coche me engulle y ambos desaparecemos, dejando aquel inquietante lugar.


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