LOCUTORIO MARIA TERESA
- iam

- 9 may 2022
- 11 Min. de lectura
El locutorio María Teresa se encontraba en la planta baja de un deslucido edificio a las afueras de Bilbao. Anteriormente, el local había sido regentado por un hombre llamado Txomin, que se ganaba la vida remendando los uniformes de trabajo de los vecinos de aquel barrio humilde. Con el paso del tiempo, la salud de Txomin fue deteriorándose y el Párkinson acabó por privarle de continuar practicando aquello con lo que se había ganado la vida y, por consiguiente, del local donde había llevado a cabo su trabajo.
Para entonces, la estructura del barrio donde se había criado había experimentado un cambio radical. Los bajos precios de los alquileres de los pisos de la zona supusieron un aliciente para que familias de todas las nacionalidades optaran por asentarse allí, ya que el resto de los distritos de la ciudad habían encarecido tantísimo los precios que prácticamente ningún recién llegado podía plantearse siquiera, residir en otro lugar de la ciudad. Aquel inusitado flujo de familias de todos los rincones del mundo, había transformado el barrio en un crisol de culturas que, a ojos de Txomin, había insuflado energía a un sector de la ciudad que parecía condenado al ostracismo.
Gracias a su carismática y servicial amiga Maria Teresa, que había ayudado a muchos de los nuevos vecinos a sobrellevar, de la manera más digna posible, los primeros meses tras su llegada, Txomin logró ponerse en contacto con la familia Saiss. Por aquel entonces, Islam y su mujer Khadija, eran una joven pareja recién llegada. Estaban contemplando la posibilidad de abrir un locutorio en el barrio para facilitar el contacto de los extranjeros de la zona con sus familias, que en muchas ocasiones se encontraban a miles de kilómetros de Bilbao. Pese a tener ciertas reticencias sobre la viabilidad del negocio de aquellos entusiastas jóvenes, la buena consideración de su amiga Teresa, terminó por extinguir las reservas del desconfiado Txomin.
Fue así como los padres de Hassan consiguieron regentar uno de los locales de mayor éxito del barrio. En agradecimiento por su benevolencia, la familia Saiss decidió poner a su nuevo negocio el nombre de aquella mujer que tanto les había ayudado. El locutorio se convirtió, con sorprendente celeridad, en un punto de reunión para la mayoría de los habitantes de la zona. Eran muchas las personas que se acercaban hasta allí con el único propósito de entablar conversación con sus vecinos o de despotricar airadamente acerca de las injusticias, de mayor o menor relevancia, de las que eran víctimas.
Pero de lo que más orgullosa se sentía la familia Saiss, era de poder servir de enclave para comunicar a todos aquellas personas con sus seres queridos. Eran ellos quienes posibilitaban que decenas de familias siguieran en contacto pese a la gran distancia que los separaba. Gracias a ello, los Saiss no tardaron en ganarse el respeto y la admiración de todos.
Hassan no tardó mucho tiempo en echar una mano a sus padres en el locutorio. Al principio, las tareas que le eran encomendadas se trataban de nimiedades que lo mantenían ocupado la mayor parte de la jornada hasta que era lo suficientemente tarde para que su padre lo despachara del lugar. Con el paso de los años, sus tareas implicaban cada vez más responsabilidades, lo que enorgullecía a Hassan. Pues su única voluntad era ganarse el beneplácito de sus padres.
Poco a poco, Hassan empezó a ser consciente de la relevancia que tenía el negocio para muchas de las personas que allí se congregaban. La mayoría de sus vecinos, que llevaban un estilo de vida austero, desprovisto de ostentaciones, hacían todo lo posible por enviar algo de dinero a los familiares con los que conversaban a través de los ordenadores. Muchos de los clientes abandonaban el locutorio perceptiblemente desconsolados pero profundamente agradecidos con su padre. Aquello provocaba que Hassan se sintiera todavía más orgulloso de él, y acrecentaba su deseo de ocupar su lugar lo antes posible.
Su oportunidad llegó cuando cumplió dieciocho años. Su padre determinó que era lo suficientemente sensato para hacerse cargo del locutorio. Desde ese momento, Hassan se encargó del negocio por las tardes, con la única condición de que sus notas no debían verse resentidas. Él, respondió a aquella muestra de confianza con la mayor de las diligencias. Llevaba mucho tiempo preparándose para ese momento.
Las tardes en el locutorio podían resultar tediosas. Eran muchas las veces en las que no ocurría prácticamente nada. Hassan permanecía inmóvil tras el mostrador con la mirada fija en la entrada, esperando que sucediera algo destacable. Pero casi nunca pasaba nada. Las horas parecían alargarse eternamente y los días se sucedían uniformes.
Pero de pronto, algo cambiaba. El ambiente parecía ser consciente, con antelación, de que algo había cambiado y la pesadez de la rutina, que Hassan creía poder sentir cómo recaía sobre su cuerpo, se disipaba de forma repentina. Su consciencia retornaba del limbo a donde se había exiliado, y volvía con recargada vitalidad. Su cuerpo recuperaba su fortaleza, sentía sus sentidos en pleno apogeo.
En ocasiones, esos sucesos no eran agradables. A veces, alguno de los clientes parecía olvidar que se encontraban en un sitio público y se encomendaba a satisfacer sus deseos más primitivos, ignorando por completo que, tal vez, a escasos metros de él se hallaba alguien conversando con su madre, a la que no veía desde hace meses. Sin embargo, en la mayoría de las ocasiones, los episodios eran gratos. Hassan recordaba la vez en la que un hombre fornido, de apariencia robusta, se levantó de su asiento súbitamente, profiriendo todo tipo de gritos de celebración que hicieron estremecerse a todos a su alrededor. El imponente hombre, abrazaba a todo aquel que se cruzaba en su camino hacia la salida, haciéndoles saber que la razón de su euforia, era que su anciana madre por fin podría viajar a Bilbao para reunirse con él.
En opinión de Hassan, eran momentos como ese, los que recompensaban con creces, todos aquellas largas jornadas en las que el locutorio se sumía en el más profundo letargo.
Sin previo aviso, la llegada de un nuevo y desconocido cliente trastocó la rutinaria vida de Hassan. La entrada de aquel chico, de edad semejante a la suya, iba a hilvanar sus vidas de forma inesperada. Pero todavía era pronto para que Hassan se diera cuenta de ello.
En sus primeras visitas, el forastero semejaba acarrear consigo una perceptible aflicción, que el resto de los clientes parecía percibir, y que impregnaba de una especie de sentimiento aciago cada rincón del emplazamiento. Durante las primeras semanas, el joven apenas articulaba palabra alguna y se acomodaba sigilosamente frente al ordenador. Todo el misterio que rodeaba la figura de aquel chico no tardó en generar interés entre el resto de la clientela, que parecía divertirse compartiendo sus teorías. Cada una más retorcida que la anterior. Hassan las escuchaba sin prestarles demasiada atención.
Un día en el que el locutorio estaba más vacío que de costumbre, el chico entabló una comedida conversación con Hassan. Parecía haberse percatado de que todas las miradas se dirigían hacia él cuando el local estaba lleno, por lo que había optado por pasar desapercibido, sin demasiado éxito. Ese día, Hassan pudo conocer su nombre, Erik, y supo también que acababa de mudarse al barrio.
A juicio de Hassan, la apariencia taciturna de Erik se debía a su sentimiento de soledad en esa nueva ciudad, pues se había mudado él sólo. Pero algo seguía sin encajar. Hassan reparó en que, desde que lo había visto por primera vez, Erik apenas había tecleado en el ordenador. Se pasaba casi todo el tiempo viendo fotos, una y otra vez.
Fotos de su familia, quizás.
Algo en Erik inquietaba a Hassan. ¿Quién en su sano juicio pagaría por ver fotos de su familia durante tres horas, unas tres veces por semana sin siquiera hablar con ellos? La teoría de Hassan parecía no tener ni pies ni cabeza. A menos… a menos de que su familia hubiese muerto.
Sin darse cuenta, Hassan ocupaba cada vez más tiempo de su vida tratando de descifrar el enigma que el comportamiento de aquel desconocido suponía para él.
Unas semanas después, ocurrió un hecho que supuso un progreso cualitativo a la hora de descubrir la verdadera razón de sus misteriosas visitas al locutorio. Erik, pidió realizar una llamada. Hassan trataba de descifrar lo que habló, pero casi no logró oír nada. Salvo un nombre: Jessica. Después de la llamada, Erik se acercó al mostrador, con el semblante triste que tanto le caracterizaba. Hassan, procurando no parecer demasiado entrometido, le preguntó si aquella chica con la que había hablado era su madre. Pero Erik negó tajantemente. La teoría de Hassan se fue rápidamente al garete. Optó por su segunda posibilidad.
- Entonces… ¿esa chica con la que has hablado es tu novia? - dijo.
Erik no pudo reprimir la sorpresa y se ruborizó.
- No… - hizo una pequeña pausa. Daba la sensación de estar escogiendo las palabras idóneas. - Bueno, es complicado.
Tras lo cual, abandonó el locutorio sin esperar respuesta. El muchacho parecía haber dejado un leve aroma a vergüenza en la estancia.
Aquella pregunta impertinente de Hassan pareció surtir efecto en Erik. El aura de secretismo que rodeaba todo a su alrededor empezó a resquebrajarse, y la relación entre ambos se hizo más estrecha. Sus conversaciones iban alargándose con el paso del tiempo y Hassan pudo saber que Jessica había sido la novia de Erik durante un tiempo. Pero que, unos meses atrás, ella había decidido que se dieran un tiempo. Decisión que Erik respetó. Aunque él siguiera obstinado en creer que era esa chica la que se convertiría en la mujer de su vida. Aquella con la que esperaba vivir hasta que su alma decidiera ponerle fin a su aventura terrenal.
A Hassan, la convicción de Erik con respecto a aquella chica le resultaba alarmante pero, al mismo tiempo, sentía cierta envidia observando la manera en la que miraba sus fotos. Aquel sentimiento que Erik profesaba hacia Jessica le era tan ajeno que no podía más que experimentarlo a través de su amigo.
Hassan creía estar convirtiéndose en una manera de externalización de todos esos sentimiento que Erik tan empeñado estaba en mantener para sí siendo su confidente. Aunque todos los progresos de mejora en su estado de ánimo parecían desmoronarse cuando Erik centraba su atención en el ordenador. La situación entre aquella pareja parecía encontrarse en un punto muerto, donde él no daba la sensación de estar obteniendo más que disgustos.
Hassan se compadecía de su amigo.
El ocho de abril, todo marchaba como de costumbre. Erik visitaba el locutorio diariamente. Aunque ya apenas usaba los ordenadores. Iba allí a amenizar las jornadas laborales de Hassan. Charlaban distendidamente de puras nimiedades y, de vez en cuando, lograban sacar una sonora carcajada hasta al más malhumorado de los clientes. Para el resto, aquellos chicos se habían convertido en Pin y Pon. Eran inseparables. No se podía ver a uno sin la compañía del otro.
Ese día, Erik decidió volver a coger uno de los ordenadores. Su objetivo, combatir el aburrimiento, ya que Hassan estaba falto de energía aquel día. Al parecer, el ciclón Jessica, que unos meses atrás parecía inundarlo todo, había remitido. Erik había dejado de mencionarla, pero su estado anímico no se había recuperado totalmente.
- ¡Me ha contestado! - vociferó de pronto.
El alarido se pudo escuchar por todo el barrio. Todos los clientes presentes en el momento, estaban al tanto, en mayor o menor medida, de su idilio, y prorrumpieron de forma espontánea en una ovación al chico. Su inseparable amigo, corrió hacia él para abrazarlo y juntos, planearon cuál debía ser su siguiente paso.
Desde ese momento, todos los vecinos de la zona conocieron a un nuevo Erik. Ya nadie recordaba aquella sombra renqueante que un día visitó el locutorio. El joven, parecía desplazarse levitando por las calles y, de vez en cuando, deleitaba a los clientes del “Maria Teresa” con una coreografía improvisada. Aquella nueva versión de Erik desprendía felicidad, y el barrio pareció impregnarse de ella.
Erik tecleaba frenéticamente y esperaba ansioso la respuesta de Jessica. A veces, algún mensaje le sonrojaba y le era imposible reprimir una sonrisa.
Hassan, estaba incluso más feliz que su amigo de aquel giro inesperado de los acontecimientos. Le encantaba ver a su amigo en aquel estado de ánimo. No obstante, un resquicio en su mente temía que todo aquello no fuera más que un pequeño claro que sumiría a su amigo en una oscuridad aún mayor que la anterior. Aquel pensamiento permanecería latente por mucho tiempo dentro de Hassan, pero se prometió que nunca lo exteriorizaría.
Los meses siguientes, fueron una sucesión de buenas noticias. Erik y Jessica decidieron verse de nuevo. Frecuentaban el cine del centro y Erik viajaba, siempre que podía, a la ciudad donde ella vivía.
Desgraciadamente, Hassan y Erik cada vez se veían menos. Eran frecuentes las preguntas del resto de clientes acerca de su amigo a las que Hassan se veía obligado a contestar con evasivas. Hassan sentía una sensación agridulce. ¿Era justo que el precio que debía pagar por ver su amigo feliz fuera distanciarse tanto de él? Hassan procuraba no pensar demasiado en ello, deshacerse de esa idea y permanecer optimista. Se convenció de que todo iría bien.
Pero no fue así.
Se alargaron las épocas en la que los amigos no se veían. Erik parecía haber olvidado aquella época en la que, un entonces desconocido Hassan, había conseguido que aquella chica, que no dedicaba más de medio minuto a pensar en él, pasara a un segundo plano, y que volviera a recuperar algo de viveza.
Hassan se sentía triste, contrariado.
El paso del tiempo se reconoció como el peor enemigo del locutorio. Los teléfonos móviles hicieron que el negocio terminara por sucumbir. Los padres de Hassan cedieron la gerencia del establecimiento a su hijo que, pocos años después y entre lágrimas, se vio obligado a cerrarlo. Allí donde antes había un lugar donde la comunidad se congregaba y estrechaba lazos, ahora no había nada más que graffitis de artistas callejeros de dudosa aptitud. Los viejos clientes, cada vez eran más solitarios y, las nuevas generaciones, apenas frecuentaban las calles del barrio.
La desdicha del locutorio María Teresa supuso la caída en desgracia del barrio, que se había convertido en la sombra de lo que un día fue.
Hacia muchos años que nadie del barrio oía hablar de Erik, y muy pocos los osados que se atrevían a mencionar su nombre frente a quien una vez fuera su inseparable amigo. El jovial Hassan, se había convertido en un arisco adulto. Su oscuro cabello se había tornado plateado, y su caminar era renqueante. Desde el cierre del locutorio, había alternado diferentes trabajos sin importancia y la mayoría de su tiempo libre lo pasaba frecuentando bares en busca de un remedio al vacío que sentía, en forma de tragos de amargo sabor.
Durante la noche de nochebuena de aquel año, aquel fútil recuerdo que en algún momento fue el enérgico Hassan, caminaba dando tumbos por el centro de la ciudad. Su mente, enturbiada por la ingesta de alcohol, se concentraba en mantener el equilibrio y en evitar caer desmayado. Bebía para evadirse de todo el dolor de una vida de sucesivas desdichas.
Los gritos de jolgorio procedentes del interior de los restaurantes pulcramente decorados y atestados de comensales, contrastaban con la oscuridad y el silencio de la calle. El frío fuera era insoportable y se adhería con violencia a los huesos. Gracias a su ebriedad, Hassan apenas sentía nada. Caminaba sin rumbo fijo frente a los restaurantes.
- ¡Eh, tú! - se escuchó de pronto en medio de la calle.
Hassan se detuvo paralizado por creer reconocer la voz de alguien que consideraba ajeno a su vida. Una voz que creía, no volvería a escuchar nunca.
- ¡Si, tú!
Hassan dio media vuelta. Su mente parecía haberse deshecho de todo el alcohol. No podía creer que el hombre a quien estaba viendo fuera Erik.
- ¿Qué haces aquí fuera esta noche? - comentó Erik mientras se acercaba. - Dios, apestas a alcohol. - añadió al abrazar a su viejo amigo.
Erik parecía el mismo de siempre. Salvo su pelo, del que apenas sobrevivían unos finos hilillos, el resto de su constitución era tan semejante al recuerdo que Hassan guardaba de él, que por un momento, éste creyó haber viajado en el tiempo.
- Deberías entrar. - dijo girándose para señalar uno de los restaurantes de la calle en la que se encontraban. - Estamos cenando aquí al lado, puedes acompañarnos si quieres.
Hassan permanecía paralizado. Trató de responder pero las palabras rebotaban contra su lengua, espesa. A duras penas consiguió farfullar.
- Quiero presentarte a mi mujer. - añadió Erik, ignorando el estado en el que se encontraba Hassan. - Ya va siendo hora de que la conozcas, después de todo lo que me ayudaste, ¿no crees?
Erik, pasó un brazo por encima del hombro de su amigo, y le ayudó a caminar hasta el restaurante.
El ambiente del establecimiento era animado y se entremezclaban las conversaciones de los comensales. El calor era agradable y una mezcla de embriagadores aromas hicieron que Hassan salivara. Se acercaron hasta una mesa del fondo del comedor donde aguardaban impacientes dos jóvenes, de una edad similar a la que Hassan y Erik tenían cuando se conocieron. Junto a ellos, se encontraba ella. Aquella chica que tantísimas veces había visto en fotos y que, después de tantos años, veía por primera vez en persona. Siendo ella ya, toda una mujer. A Hassan no le costó reconocerla.
Erik tenía razón cuando le decía que Jessica era la mujer de su vida. Hassan sintió vergüenza por haber dudado de él.


Comentarios