top of page

APÓSTATA

  • Foto del escritor: iam
    iam
  • 31 oct 2021
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 1 nov 2021

Los últimos rayos de sol traspasan las ramas de los árboles y azotan enérgicos el acero de los quitamiedos. El brillo estorba la visión de Miguel. No puede creer que en estas épocas del año siga teniendo que lidiar con el sol. Repara en la humedad generada en sus sobacos, motivo del creciente contorno oscuro en su polo. Nunca se acostumbrará al calor, y mucho menos cuando ya empiezan a anunciarse las ofertas navideñas. Resignado, accede a bajar el quitasol.

Procura no mirar en la foto, pero sabe que está ahí, junto al espejo. Cuando quiere darse cuenta, la está observando. Un juego sucio de su subconsciente. O, quizás, un castigo de su remordimiento. La foto de despedida de la escuela primaria. Ana apenas tendría once años en aquel momento. Se compadece por no haber estado presente aquella fecha tan importante para ella. Aunque, siendo sincero, reconoce que estuvo demasiado tiempo ausente durante esa época.

Trata de dirigir su atención hacia otros derroteros, desviar sus pensamientos de la foto. Pero es el mismo recorrido que lleva realizando desde hace veinte años. No hay nada estimulante en el paisaje. Se tratan de las mismas simples casas, rodeadas de los mismos bosques. Da la sensación de que las inmediaciones de la carretera son ajenas al paso del tiempo. Todo ha cambiado, excepto esa pequeña parte del mundo. Permanece imperturbable. Estancada. Una característica común que relaciona aquel lugar con su persona.

Un bache hace repiquetear la cruz colgada del retrovisor central. Un diminuto Jesús crucificado se tambalea como un borracho saliendo de un bar, chocando con lo que encuentra a su paso. Haciendo un esfuerzo consciente por evitar mirar la imagen frente a él, decide encender la radio. Las voces de los locutores parecen llenar el vacío del coche. Un espacio hueco perceptible solo cuando ha sido ocupado. El cambio de estado es condición obligatoria para constatar su existencia.

Advierte de pronto, unas gotas sobre su parabrisas. Se extraña. Mira al cielo.

- ¡Oh, muy ingenioso! -exclama de pronto, sin poder contener una sonora carcajada que retumba contra las esquinas de su humilde Peugeot- ¡Qué demostración de poderío! ¿Eh? Estarás orgulloso de tus capacidades… ¡Hacer que llueva! Alucinante...

Se echa a reír. La lluvia se intensifica. Da la sensación de haber escuchado sus burlas.

- ¿Sabes qué te digo? -aguarda unos segundos pretendiendo crear suspense, ignorando que se encuentra sólo en su coche- ¡Qué hace mucho que aprendimos a contrarrestar esa mierda de poder que tienes, imbécil!

Acciona el limpiaparabrisas, que produce un leve chirrido con cada pasada.

La conversación de la radio se mantiene en un segundo plano, pareciendo provenir de una habitación distante. Miguel está intranquilo. Se mueve nervioso en el asiento, dirigiendo miradas al cielo cada dos por tres. Pasan unos segundos hasta que continua con su monólogo.

- Para serte sincero… Creo que no eres muy diferente a nosotros, aunque muchos traten de atribuirte una imagen de buena persona. -asiente con la cabeza, confiriendo mayor credibilidad a su opinión- Creo que igual, al principio, sí que lo fuiste… Buena persona, quiero decir. Pero que con el tiempo, tanto halago y tantas tonterías te hicieron venirte arriba. La fama se te subió a la cabeza y te convertiste en un auténtico gilipollas.

El tono de Miguel se torna más serio, casi agresivo. Tiene el ceño fruncido y mira obnubilado al frente.

- Te has convertido en un egoísta. Te has acostumbrado a que la gente actúe a tu antojo y has olvidado tu verdadero propósito. Te has agrandado, lo has olvidado todo. Nos has olvidado a todos. ¡Joder! ¿Cómo sino se podría creer nadie que alguien tan bueno como tú permite que éste mundo se convierta en el puto infierno que es? -la rabia brota de cada una de sus palabras. Su cara enrojece, dándole una apariencia similar a la de un gnomo gruñón.

El sonido de la radio parece volver a acaparar protagonismo. Mientras Miguel reflexiona sobre cómo continuar con sus protestas. Los árboles a los costados parecen salir despavoridos al reconocer su cara de enfado.

- Mira… -comenta de pronto- A veces creo que “El Mal”, “El Diablo” o como cojones lo quieran llamar no son más que chorradas que has enseñado a aquellos que todavía te creen para justificar tu pasotismo. Estoy convencido de que todas esas cosas malas que nos pasan son producto de tu desentendimiento… ¡Joder! Si es que hay veces que hasta pienso que disfrutas con esto, que eres un sádico. ¿Qué tipo de padre dejaría que sus hijos se mataran unos a otros? ¿O que sus hijos murieran de hambre? -Sus quejas las dirige mirando al cielo, como si pudiera ver cómo el objetivo de sus reproches se esconde avergonzado entre las nubes.

Empieza a acercarse a su casa. Reduce la velocidad, tratando de que le de tiempo a despacharse con tranquilidad.

- Desgraciadamente para ti, se te está acabando el chollo. Bueno, ¿qué te voy a decir yo que tú no te hayas dado cuenta ya, no? -se ríe en tono burlesco- Cada vez son menos los idiotas que todavía creen tus gilipolleces…

La carretera está poco transitada. Apenas se ha cruzado con un par de coches hasta el momento. En un movimiento inconsciente, su mirada se dirige por un instante hacia el quitasol. Está cerrado, pero lo acaricia con delicadeza. Aquello parece proporcionarle energía extra. Vuelve al ataque.

- ¿Sabes cuál me parece la gilipollez más grande que dicen todos aquellos que te creen? -vuelve a guardar una breve pausa, siendo consciente de que no va a recibir respuesta alguna- Que tus caminos son inescrutables. -se echa a reír- ¡No he escuchado nunca una mentira tan descarada!… ¿Inescrutables? Lo que yo creo es que ni tú mismo tienes ni puta idea de porqué coño pasan las cosas que pasan.

De pronto echa a llorar. Su cambio de humor tan repentino podría perturbar a cualquiera. Por un momento parece tratarse de un demente.

- Al menos eso quiero creer. -comenta entre sollozos. Utiliza el mismo tono de voz que el de un niño desconsolado- No puedo perdonarme que la última vez que la viese fuera tres meses antes de su muerte. ¡Tres putos meses! ¿En qué estaba pensando? ¿Desde cuándo en tu mundo el trabajo es más importante que la familia? ¿Cuándo aceptaste esa condición? Eres un hijo de puta sin sentimientos.

Se sorbe la nariz y se pasa la manga del polo por los ojos.

- ¿Llevarte la vida de una niña inocente antes que a mí? ¿Qué clase de desalmado eres?

La velocidad del coche se ha reducido tanto que está prácticamente parado en medio de una inmensa recta. La silueta de un camión se aprecia a lo lejos. Los faros encendidos constatan su presencia. Con el rostro empapado en lágrimas, saca la foto de su hija y la besa. Se frota contra ella intentando sentir la suavidad de su piel. La mira una vez más antes de guardarla en el bolsillo del pecho. Pisa a fondo el acelerador. Sintoniza una emisora de rock. Sube el volumen a tope. Los faros del camión se aproximan con velocidad.

- En breves me reúno contigo. Te voy a reventar, cerdo de mierda.

Cuando el camión está lo suficientemente cerca, Miguel gira el volante del coche en su dirección.

 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
LA CARA OCULTA

La impenetrable oscuridad envolvía cada rincón del páramo por el que se sucedía la anticuada carretera con dirección a Sadville. Desde el...

 
 
 
CATÁRSIS parte I

“Lo que entonces quedó sin escribir se ha visto posteriormente inscrito en lo que hoy conozco como mi yo (…)” Todo cuanto amé, Siri...

 
 
 
LOCUTORIO MARIA TERESA

El locutorio María Teresa se encontraba en la planta baja de un deslucido edificio a las afueras de Bilbao. Anteriormente, el local había...

 
 
 

Comentarios


Publicar: Blog2_Post

Formulario de suscripción

¡Gracias por tu mensaje!

  • Instagram
  • Twitter

©2020 por Ridstories. Creada con Wix.com

bottom of page