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LO ABSURDO DE LA VIDA

  • Foto del escritor: iam
    iam
  • 7 feb 2022
  • 2 Min. de lectura

Un hombre que cobra consciencia de lo absurdo queda

ligado para siempre a él. Un hombre sin esperanza

y consciente de serlo no pertenece ya al porvenir.

Albert Camus, El mito de Sísifo


Toda falacia surge con un pensamiento que nace con el inocente propósito de dar sentido a un concepto que considera real. Muchos de esos dogmas acaban viéndose obsoletos con el paso del tiempo o con el surgimiento de otros pensamientos que lo rechazan o lo refutan y otros, son ampliamente aceptados y pasan a formar parte de nuestro ideario. El axioma que en este texto viene a debatirse o, al menos, a cuestionar, es la envergadura sobredimensionada y optimista que concedemos a nuestras vidas.

Antes de nada, he de remarcar que esta forma de concebir la vida ha sido, sin ninguna duda, sumamente beneficiosa para muchas personas. No obstante, ha supuesto también un incuestionable obstáculo para muchas otras que, al no comprenderla de esta manera, se han sentido tan contrariados que han considerado la finalización prematura de ésta, la única conclusión plausible a su desdicha.

Considero al pensamiento humanista, con indiferencia de sus vertientes existentes hasta el día de hoy (humanismo liberal, progresista y evolutivo), el artífice original de esta mitificación de la vida. Todo se fundamenta en la exagerada estima que se le confiere en el humanismo a las experiencias personales. La idea de que cada persona es especial y única, no da a lugar a nada más que a concebir la falsa creencia de que, por ende, la vida ha de ser igualmente especial y diferente de la del resto.

Esta concepción de la vida como algo valioso y de enorme trascendencia, por lo que deberíamos sentirnos agradecidos, puede generar infelicidad al ver incumplidas nuestras expectativas hacia la misma.

En contraposición a esta opinión aceptada por la mayoría, considero que el acto de mayor osadía que podemos realizar es rechazarla en su totalidad y reconocer que la vida no es tan importante como muchos se empeñan en demostrar. Se debe admitir, no sin resignación, que ni nuestra persona es única, como tratan de hacernos creer, ni el cúmulo de nuestras experiencias es singular. Podríamos denominarnos como el atrezo necesario para que uno pocos logren sobresalir y pasar a la posteridad, y lo mismo podríamos decir de nuestras vidas.

Esta aceptación de lo absurdo de la vida, la admisión de su futilidad e intrascendencia, no debe suponer un motivo de frustración y apatía. Pues es esta misma aceptación de lo absurdo lo que posibilitará una existencia plena y más realista. Una nueva concepción de la vida ajena a mitos individualistas del “yo como ser extraordinario” y más afín a la vida entendida como un motivo de conexión con el resto de nosotros, que siempre formaremos parte de la mayoría, anónima e irrelevante.

La absurdidad de la vida, por encima del mito de la vida como posesión más preciada.

 
 
 

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