EL MAL CAUCÁSICO
- iam

- 11 may 2020
- 8 Min. de lectura
Actualizado: 2 oct 2020
-Vosotros habláis de la familia, como si supierais lo que significa esa palabra. –Piso el acelerador y busco una emisora de jazz.- Pero vosotros nacisteis en una, no habéis tenido que buscar vuestro sitio en el mundo. No tuvisteis que dar la espalda a Dios para que por fin alguien os tratara como a un hermano.– La música del coche no consigue acallar el croar de las ranas que habitan en el humedal y que, a pesar de ser indetectables, se hacen notar con su estridente canto. El calor es insoportable, la ropa se me adhiere al cuerpo por el sudor y, el cuero del tapizado del coche favorece que la temperatura sea todavía más insoportable.
-Familia, para vosotros sólo es un apellido, pero si supierais que es de verdad la familia… ¡No habríais jugado con la mía!– Exclamo mientras echo un vistazo por el retrovisor central, del que cuelgan mi chapa de identificación militar junto a la bandera confederada. A través de él, observo a ese hombre, si lo podemos considerar como tal, en la parte trasera de mi coche. Aquel negrata había violado y asesinado a la hija de uno de mis hermanos, por lo que se me ha asignado la misión de hacerle desaparecer.
En un primer momento, pensé en seguir las reglas del Kloran, pero creo que la visita al pantano será más beneficiosa para ambos. Además, siempre me ha gustado acercarme a este paraje de vez en cuando. El retrovisor me permite apreciar cómo me mira atemorizado, con las facciones entumecidas y la boca tapada con cinta adhesiva. Maniatado a su espalda, centra toda su energía en deshacerse de la cuerda, en un inútil intento de escapar del cruel destino que él mismo se ha escrito. La sangre que se derrama de sus heridas mancha el tapiz blanco de mi coche, por lo que después de acabar con él, me tendré que deshacer del auto.
-¿Sabéis qué engendra toda esa sangre derramada?– Pregunto mientras le miro con la repugnancia que me provoca el asqueroso color de piel de ese violador, y toda la decadencia que ha acarreado su raza a nuestra patria.- Lealtad. La familia no es quien te da la vida, sino por quien la das tú.– Frunzo el ceño. La carretera de la ciénaga, durante las altas horas de la madrugada, se encuentra intransitada. Así que me permito acelerar todavía más, sin miedo a toparme con algún otro vehículo. La calzada se encuentra considerablemente deteriorada, con abundantes baches, por lo que se precisa de un buen manejo del volante, asimismo, la estrechez de la carretera multiplica las probabilidades de descarriar y acabar en el agua. Cuando comienzo a advertir mi destino, consigo vislumbrar en una de las cunetas un Chevrolet Brookwood abandonado, el cual ya forma parte del paisaje debido a que la vegetación se ha acomodado en el samblaje de aquel viejo vehículo.
Estaciono frente a la orilla con las luces frontales del coche encendidas. Las estrellas engalanan el cielo. Abro la puerta de mi Cadillac Sixty Special, noto cómo la humedad de la zona abraza cada parte de mi cuerpo, provocando que serpenteantes gotas de sudor recorran mi frente y mi espada. Me dirijo al maletero, donde el Blood Drop Cross, con la gota de sangre en el centro, embellece el interior de lo que considero mi pequeño arsenal portátil. Saco el revólver y el cuchillo de caza que el verano pasado me regaló nuestro Gran Gigante: Norman Green. Tras asegurarme de que la pistola está cargada, los coloco sobre el capó.
A continuación, bajo a ese mono que mancha la tapicería de mi coche, y lo posiciono de rodillas, a un par de metros frente al parachoques delantero, donde la luz del coche le incapacita ver de forma nítida. Desde el lado opuesto, en cambio, la luz me proporciona una visión panorámica de la gran superficie de agua poco profunda que se extiende ante mí. En el costado derecho, entre las aneas, todavía se pueden apreciar los restos de lo que en su día debió de ser un embarcadero. Percibo desde la distancia su evidente temblor mientras la vigorosidad de las luces del coche le obligan a fruncir el ceño.
Cojo uno de los cigarrillos del bolsillo del pecho y enciendo un fósforo que, pese a que la cajetilla esté húmeda por el sudor, no impone demasiada resistencia. Mientras, escucho cómo entre lágrimas, mi acompañante aquella noche intenta dirigirse a mí, a pesar de que la mordaza impide que le entienda.
-Ya sé lo que estás pensando… Mmmm… Ahora que lo pienso, no sé cómo te llamas.- Le comento mientras inhalo el humo del cigarrillo.- Creo que te llamaré Kunta Kinte.- Concluyo tras unos segundos de reflexión, señalándolo con el dedo índice de la mano libre.- Kunta Kinte, como el de aquella serie, ¿Qué te parece?
Mi risa se pierde entre el ensordecedor croar de las ranas, que es todavía más impetuoso fuera del coche. Kunta prosigue con su indescifrable monólogo mientras yo, cuchillo en mano, me aproximo hacia él. Percibo en su mirada cómo el terror se va apoderando de su cuerpo con cada uno de mis pasos. El sudor transparenta un tonificado torso por debajo de su camiseta interior blanca que, como consecuencia de la sangre, luce más bien amarillenta. Su respiración se acelera y aprecio como su pecho se contrae cada vez con mayor persistencia.
-¡Joder!, ¡Pero qué puto asco!- Apostillo cuando apenas nos separan unos pocos centímetros.- Si de normal no aguanto vuestro repugnante olor, no quiero ni contarte como huele un puto negro acojonado de mierda.- Sujeto del nudo que amordaza sus manos a ese descendiente de esclavos, y cojo su cartera del bolsillo izquierdo de sus holgados pantalones vaqueros.- Me parece que no vas a volver a necesitar esto.- Digo mientras, extendiendo el brazo izquierdo hacia delante, le permito poder visualizar su monedero.
Después de apropiarme de sus pertenencias más valiosas, regreso al coche para subir el volumen de la música lo máximo posible. Los sonidos del lago son atenuados por los primeros compases del banyo. Suena I can´t be satisfied de Muddy Waters. Un negro en condiciones, que a pesar de su apreciable discapacidad derivada de su color de piel, ha sabido labrarse un futuro en el mundo del blues.
-Sabes quién es, ¿verdad?- Exclamo a voz en cuello, ligeramente apoyado sobre el asiento del piloto, para que Kunta pudiera escucharme.- Pues claro que lo sabes.- Prosigo, observándole asentir con la cabeza.
Cuchillo en mano, vuelvo a acercarme a él.
-Un negro que se ha ganado la vida haciendo el bien, incluso haciendo disfrutar a blancos. En cambio tú, Kunta… Tú estás muy jodido, amigo.- Concluyo, cuando exhalo el humo del cigarro a su rostro, y lo apago en su hombro izquierdo, provocando un pequeño gemido de dolor en aquella alimaña.
Le arrastro por el lodazal hasta el coche. En ese momento, lo despojo de la cinta que tapaba su boca. Kunta se limita a rogar piedad. Cuando aprieto su cabeza contra el faro derecho del coche, cierra los ojos y varias lágrimas recorren su oscura tez. Entonces, hinco, sin mucha intensidad, la punta del cuchillo en su nuca. Los gemidos de dolor se entremezclan con la música.
-Manténgase calladito si no quiere quedarse sin lengua, señor Kinte.- Le informo, intentando imitar el tono de voz de aquel famoso presentador de las noticias del Canal 6. Después, retiro el cuchillo de su cuello y le agarro con vehemencia por el mentón.- Esto es por Stefannie Robertson, aquella niñita blanca que violaste y asesinaste, seguro que la recuerdas. Llamemos a esto… venganza de la raza aria sobre la mugre negra, ¿de acuerdo?
Entonces, vuelvo a hundir el cuchillo sobre su nuca, intentando realizar un corte poco profundo, pero suficiente para dejarle marcado de por vida. Veo cómo sus ojos se abren como platos y de ellos emanan lágrimas de sufrimiento. Kunta, ya con el tres marcadamente perceptible, comienza a recitar un pasaje de la Biblia, lo que despierta aún más rabia en mí. Los negros apoderándose también de nuestra religión, ¿Qué más tenemos que soportar?
Unos minutos después, las oraciones cesan, y con ello, mi particular sesión de decoración corporal. El cuerpo de Kunta -que cae desplomado hacia atrás nada más terminar-, teñido de rojo debido a la sangre, luce un precioso 311 en la parte posterior de su cuello. El blues continua resonando en aquel aislado paraje de los Everglades.
¿Qué viene ahora? Ah, sí. Vuelvo a poner el cuchillo encima del capó de color azul, y lo sustituyo por el revólver. Compruebo nuevamente si está cargado, y coloco el cañón entre las cejas de ese puto pedófilo y asesino de color. Pero al hacerlo, ya no percibo el miedo en sus ojos, da la sensación de que desea morir, y yo no estoy dispuesto a satisfacer los deseos de ese animal. Así que, deshago la lazada que le maniata (lo que provoca, por unos segundos, que su mirada se torne más esperanzada y se incorpore), y le disparo en ambas rodillas. Para terminar la faena, acerco a Kunta hasta el agua, arrastrándolo por los brazos.
Los gemidos de aquella escoria, acompañados del olor a sangre, llaman la atención de los caimanes de la zona, cuyos brillantes ojos resaltan en la oscuridad del agua. De vuelta en el asiento del conductor, enciendo el cigarro de después, mientras aprecio como Kunta, que cada vez pierde más sangre, centra la poca energía que le resta en alejarse de la orilla, usando los brazos como soporte. Me pregunto quién ganaría en un pelea entre un mono y un cocodrilo. Ni idea, pero probablemente esté a punto de descubrirlo.
Con el cigarro a medias, y ante la parsimonia de los cocodrilos en zamparse la cena que les he llevado, rebusco entre las pertenencias que me he acabo de apropiar. Indagando en la cartera de Kunta, advierto que su nombre real es Markieff Lamar. Lo observo de nuevo, agonizando junto a los juncos. Bueno, ya casi se puede considerar que era Markieff Lamar. Suelto una risotada. A parte de su documento de identidad, el agarrado de él solamente llevaba cerca de siete dólares en efectivo, además de un par de tarjetas de crédito y la tarjeta del Club de Lectura de Princeton.
-Monos que leen, qué sorpresa.- Comento, continuando con mi monólogo interno. Cuando, mirando por el retrovisor, me percato de las deplorables condiciones en las que ha quedado el coche. Me vuelvo por unos segundos para verlo más detalladamente. Los asientos traseros se encuentran inservibles debido a la cantidad de sangre derramada sobre ellos.
-Qué asco, ¡joder!
Tras un par de minutos sin advertir ningún movimiento por parte de Markieff, me dirijo de vuelta a casa. Sintonizo la radio de noticias locales cuando cuento mi tercer pitillo de la noche. Bonnie Robbie, la locutora, informa sobre el aumento de delitos menores relacionados con la falsificación de recetas médicas, en el momento en que el inesperado paso solicitado por su compañero, debido a una noticia de última hora, me atemoriza. ¿Me había podido ver alguien? O lo que es peor, ¿podía alguien haberme delatado? Subo el volumen de la radio.
-Muy buenas noches, queridos oyentes y mis más sinceras disculpas por interrumpirte, Bonnie.- Interviene el locutor, con un tono de voz educado y sosegado. Su compañera acepta las disculpas.- Les informa Rodney Trent desde WLRN, cuando son, exactamente, las 4:32 de la mañana del veinte de julio. Y es que, el Departamento de policía de Miami acaba de emitir un comunicado en el que informa sobre el reciente arresto del presunto violador y asesino de Stefannie Robertson. La niña de doce años que fue hallada semidesnuda y descuartizada el pasado dieciséis de julio. Supuestamente se trata de Jimmer Melton, un hombre caucásico de cuarenta y tres años que, desde hacía seis años, trabajaba en el Walmart próximo a la zona donde fue hallado el cuerpo de la joven.
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