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¿EN QUIÉN PIENSA ANNA?

  • Foto del escritor: iam
    iam
  • 22 dic 2021
  • 7 Min. de lectura

Una mujer poco esbelta. Parecía acabar de salir de una adicción a las drogas o estar sufriendo un trastorno alimenticio. Pero ello no ensombrecía su belleza natural. Tenía una melena color azabache, recogida en un moño improvisado. Rojos labios carnosos escondían una perfecta y blanca dentadura que no dudaba en mostrar, pues casi siempre estaba sonriendo. Sus pómulos, algo enrojecidos de forma natural, estaban repletos de pecas, pero nada podía compararse con sus ojos. Aquellos ojos habían trastocado a Anna. La mirada de esa mujer la había convertido en su más adepta fiel. Convencida de que esos ojos azules podrían encantar hasta a la más despreciable de las personas, trató de volver a verla.

Entonces, las cosas se complicaban.

Aquella mujer no era una mujer real. Y no, tampoco se trataba de ninguna actriz interpretando algún personaje ficticio. Pues, en tal caso, podría limitarse a ver la película una y otra vez hasta cansarse. Con el tiempo, comenzaría a sacarle defectos y aquel embrujo que estaba atravesando se disiparía. Como la obsesión de una adolescente por algún icono sexual del momento, tarde o temprano dejaría de ser relevante. Sería olvidada, cosa del pasado.

Muy a su pesar, las cosas eran mucho más complicadas.

Todo comenzó un par de días atrás. Después del trabajo, quedó con su inseparable amiga Andrea en La manzana para tomar unas copas de vino, como era habitual cada viernes. Aquella tradición era la conclusión de otra tediosa y estresante semana. El tono de sus carcajadas y comentarios ascendía al mismo ritmo que el número de copas vacías en su mesa. Ahí pasaban las horas. Dos jóvenes mujeres rodeadas de hombres de pelo de plata y dientes de oro. Ajenas a miradas y comentarios soeces que, de cuando en cuando, tenían que soportar por parte de aquellos vejestorios. Se centraban la una en la otra, disfrutando de su mutua compañía.

Como de costumbre, fue Anna quien dio por concluida la velada, y cada una se dirigió tambaleante hacia su casa.

Su embriaguez era mayor de lo que pensaba, por lo que Anna descartó la posibilidad de cocinar al llegar a su apartamento. Utilizando la encimera como soporte, se acerco hasta la nevera. Una débil luz gris penetraba insegura por la ventana frente al sofá, aportando una tenue iluminación a la estancia. Todavía podía palpar el sabor dulzón y pesado del vino, y creía sentir ya el ligero dolor de cabeza que se agravaría por la mañana. Abrió la nevera. Como una leona en búsqueda de su presa, se relamía mientras escudriñaba con mirada inquisidora el interior. Satisfecha con su recolecta, se dejó caer pesadamente en el sofá. Encendió el televisor, y puso una película.

No pasó demasiado tiempo hasta que sus ronquidos resonaron por todo el piso.

Parecieron haber transcurrido horas desde que se quedara dormida pero, para su sorpresa, la película aún no había finalizado. Se sentía desubicada. Su cuerpo bien podía estar compuesto de plomo pues cualquier intento de moverse suponía un arduo esfuerzo. La jaqueca había empeorado. La cabeza le latía, colérica. No había aprendido a controlarse bebiendo y sus resacas eran criminales. Transcurridos unos minutos, un recuerdo comenzó a distinguirse entre sus nubosos pensamientos. Al principio como una figura desdibujada, casi incomprensible, hasta tornarse evidente. Había soñado con una mujer. No recordaba qué había sucedido, ni si había interactuado con ella en su particular mundo onírico. Pero podía sentir, en lo más profundo de su corazón, que lo que sentía no podía compararse con nada de lo que había sentido hasta ahora por nadie.

Se había decidido a verla de nuevo, mucho antes de ser consciente de ese pensamiento.

A partir de esa noche, Anna trató de dormir tanto como podía. Apenas salía de su apartamento cuando no estaba trabajando. Había oído hablar de que dormir con el estómago lleno aumentaba la cantidad de sueños, así que, esperanzada por esta idea, engullía tanto como podía para quedarse dormida lo antes posible. Pero su inquietud la distanciaba de su propósito. Permanecía despierta hasta altas horas de la madrugada y, cuando por fin lo lograba, no conseguía recordar nada de lo que había soñado. Su frustración iba en aumento. Además, su estado físico empezó a resentirse. Engordó un par de kilos y unas hondas y parduzcas ojeras empezaron a surgir bajo sus ojos, alicaídos. Debido a su escaso éxito, Anna había considerado un plan alternativo que podría ayudarla a reencontrarse con aquella mujer.

Y, para su fortuna, el viernes llegó raudo a su cita.

El semblante de Andrea se tornó preocupado al divisar el aspecto de su amiga al entrar a La manzana. Anna la estaba esperando en una mesa apartada, habiendo comenzado por su cuenta la ingesta de vinos. Anna evadió todo atisbo de seriedad por su parte, y se centró en pedir copas de vino tan pronto como acababan con la ronda anterior. Muy a pesar de Andrea, la conversación de aquella semana fue vacua, la clase de charla que se mantiene con un conocido, pero no entre dos amigas inseparables. La preocupación empezaba a constituirse como un gran nubarrón que cubría de oscuridad cualquier pensamiento. Para sorpresa de Andrea, fue ella quien decidió acabar por ese día. Prefirió no insistir con su preocupación por miedo a importunarla.

Aquel viernes había pasado más rápido de lo habitual para Anna, a pesar de la tozudez de su amiga.

Logró, a duras penas, encajar las llaves en la cerradura. Su estado era preocupante, apenas se mantenía en pie. Sin embargo, una sensación de satisfacción apaciguaba su cuerpo, lento y descoordinado. Se había propuesto beber tanto como pudiera, pues había caído en la cuenta de que la primera vez que la vio estaba borracha, y esperaba que esta vez fuera igual de fructuosa. Cayó exhausta en la cama, dejando un reguero de ropa allá por donde había pasado aquella figura sombría y tambaleante.

Esa misma noche, volvió a soñar con ella.

Se despertó con la cabeza como si estuviera en un campanario. Tomo un par de pastillas para mitigar el dolor. Tan pronto como surtieron efecto, cogió el ordenador y trato de recrear a aquella magnífica mujer mediante recortes de rostros de celebridades, antes de que su mente perturbara el recuerdo. El resultado fue un tanto grotesco, pero suficientemente preciso para quedar satisfecha con el resultado. Anna estaba convencida de haber dado con la fórmula que le posibilitaría verla tanto como ella deseaba y, sintiéndose optimista, compró vino para el resto de la semana.

Los siguientes días fueron una sucesión de éxitos para Anna. La precisión de sus sueños crecía en proporción a su obsesión por aquella mujer.

La última semana había transcurrido con una brevedad pasmosa. Su mente, encapotada bajo los efectos del alcohol, no podía desviarse de esa mujer. Había mandado encuadrar el collage y la había colgado frente al sofá, encima del televisor. Pasaba horas ensimismada observando aquel pintoresco cuadro. Algunas noches, cuando la lengua se volvía torpe y pegajosa, mantenía monólogos en los que Anna informaba de las vicisitudes de su vida a aquel inquietante rostro. Anna se sentía feliz, realizada.

Pero para Andrea, la nube de preocupación por su amiga, se había transformado en un temporal que había acabado por acaparar su juicio por completo.

Era viernes. Viernes de copas de vino y charla en La manzana. Algo dentro de Andrea presentía que aquel día algo iba a cambiar, quizás de manera permanente. Intentando ignorar aquella idea, se encaminó hasta su habitual punto de reunión. No se sorprendió demasiado al no ver a Anna allí. Pero se negó a dar por perdida aquella velada y, sobretodo, a su amiga. Así que la llamó. Había perdido la esperanza de que cogiera cuando decidió ir hasta su apartamento. Antes de tocar la puerta, le pareció escuchar a Anna hablando, pero no conseguía oír a la otra persona. Toda esa situación era bastante rara. No era habitual en Anna ausentarse sin dar explicaciones, aunque, teniendo en cuenta su estado la última vez que la vio, ese hecho no la sorprendió demasiado.

Disgustada y algo preocupada, llamó a la puerta.

Al oír el timbre, Anna cesó su monólogo sorprendida. Miró hacia la puerta, que parecía haberla llamado y amenazarla con semblante severo. Estaba segura de que aquello era producto de su imaginación hasta que, de pronto, volvió a sonar el timbre. Esta vez el chirrido la sacó de su ensoñación. Se acercó, cautelosa, hacia la puerta. El efecto del vino cada vez hacía menor efecto en su persona, por lo que a penas estaba borracha. Sus pasos eran firmes, pero dubitativos.

Sus ojos se abrieron, sorprendidos, cuando se encontró de frente con su amiga, cuya mirada mezclaba sentimientos de preocupación y enfado.

Andrea entró al piso casi sin permiso. Todas las persianas estaban bajadas. El apartamento estaba en la penumbra, salvo por la luz del salón, que iluminaba pobremente un extraño cuadro sobre la televisión. Anna se mantuvo inmóvil, con la expresión de sorpresa todavía dibujada en su rostro. Sin necesidad de explicación, Anna supo que era viernes por la noche. Se preguntó cómo no podía haberse dado cuenta antes. Andrea se acercó hacia el cuadro. Lo analizaba, algo perturbada, mientras su amiga se sentaba en el sofá tras ella. La situación era tensa. No habían intercambiado palabra alguna hasta el momento. Entonces, Andrea se giró. Sintió lástima al ver el aspecto de su amiga. Tenía el pelo graso, las ojeras habían crecido y parecía tener los ojos amoratados.

Permanecieron ahí, en silencio, mirándose la una a la otra por unos segundos.

Andrea fue quien tomó la palabra. Anna la observaba con la misma expresión que una niña a su madre cuando acaba de meterse en un lío. Le costaba mirarla a los ojos. Por un segundo, su atención se dirigió al cuadro, que se encontraba por encima de la figura de su amiga, erguida delante de ella. En ese momento, algo en su cabeza pareció haber cobrado sentido. Como si acabara de encontrar la última pieza de un puzle que llevaba años intentando completar. Aquello la llenó de valor y la ayudo a ponerse en pie. Andrea parecía confusa.

Anna siguió acercándose hasta que estuvieron una frente a la otra. Su pechos se rozaban. Andrea podía percibir el aroma pesado del aliento de Anna en su rostro. No dijeron nada, simplemente, se besaron.

 
 
 

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