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FELICILANDIA

  • Foto del escritor: iam
    iam
  • 28 sept 2021
  • 4 Min. de lectura

Me llamo Yuvan. Nací en un pequeño pueblo de unas pocas casas cerca de la capital de Basurkistán. Mi padre murió antes de que yo naciera, por lo que me crié con mi madre Meena y mi querido perro Peter. Durante mi infancia, disfrutaba de las cálidas temperaturas intentando recrear junto al río, las emocionantes aventuras de mi superhéroe favorito: Spiderman. Aventuras que conocía porque mi madre, cuando su sueldo se lo permitía, me regalaba uno de sus cómics por mi cumpleaños. Los leía obsesivamente. Conocía al dedillo cada detalle de la humilde colección que fui atesorando a lo largo de mis primeros años de vida.

Pero todo cambió cuando cumplí quince años. La ciudad había crecido tanto durante ese tiempo que nuestra casa formaba parte ya de la capital. Mi madre había conseguido trabajo en una fábrica y la situación económica de nuestra familia mejoró. ¡Un día hasta me llevó a ver una película de Spiderman al cine! Pero no todas las consecuencias de que la ciudad hubiese crecido tanto eran buenas. El río donde solía jugar había adquirido un color marrón poco atractivo que, añadido al hedor que desprendía, dejó de ser una opción para mi entretenimiento. Además, el cielo parecía estar constantemente nublado y las temperaturas se hacían cada vez más insoportables.

Ese mismo año por mi cumple, mi madre me hizo el regaló que supondría un punto de inflexión en mi vida. Para mi sorpresa, el típico cómic (que esperaba encontrarme y que estaba deseoso por devorar), fue reemplazado por un móvil. No podríais imaginar mi felicidad al verlo. Había visto algunos antes, pero nunca pude imaginarme que pudiéramos permitirnos uno. Desde entonces, mi tiempo libre cambió por completo. A lo largo de las siguientes semanas apenas salí a la calle, salvo para ir al colegio. El resto de horas las pasaba frente a la pantalla. Mi afición por Spiderman fue en detrimento hasta olvidarlo casi por completo.

Un tiempo después, conocí una aplicación donde podía charlar con gente de todas las partes del mundo. Podía ver fotos donde aparecían y saber qué cosas les gustaban. Era una completa locura. No tardé en entablar amistad con un chico llamado Jake. Tenía más o menos mi misma edad y vivía en Felicilandia. Nos pasábamos días enteros charlando. Yo le contaba cómo era la vida en Basurkistán y él me decía lo divertida que era la vida en su país. Al principio se me hizo raro, pero con el tiempo, me acostumbré a la idea de que mi mejor amigo se encontrara a cientos de kilómetros de mí.

Antes de que me diera cuenta, entré en la universidad. Mi madre había trabajado muy duro para que yo pudiera permitirme estudiar. Para ser sincero, aquellos años fueron los más duros de mi vida. Poco después de haberme matriculado, la salud de mi madre sufrió un duro revés y una enfermedad imposibilitó que pudiera volver a trabajar. Los médicos me dijeron que su situación se debía a los humos que había estado inhalando todo aquel tiempo y que su situación era grave. Desde ese momento empecé a hacer malabares para hacerme cargo de todo. Estudiaba, trabajaba e intentaba sacar el máximo tiempo posible para hacerle compañía. Como consecuencia, Jake y yo nos distanciamos, prácticamente ni hablábamos.

El año siguiente a mi graduación, mi madre falleció. Estuve una larga temporada sumido en una fuerte depresión que me imposibilitaba salir de casa. Cada rincón de aquella ciudad me recordaba a ella. La veía en todas partes salvo a mi lado. Y aquella idea me atormentaba. Una noche, terminé ojeando el perfil de Jake. Hacía años que no sabía nada de él. Sus fotos eran preciosas. Tanto el como sus amigos parecían estar constantemente felices, todo parecía ir bien en sus vidas. Un aciago sentimiento de envidia se gestó en mi desde ese momento. Y, fue por ese motivo por el que decidí mudarme a Felicilandia.

Allí, los edificios de las ciudades eran enormes, parecían perderse entre las nubes. Me sentía diminuto, como una hormiga esquivando troncos. No pude reprimir el fantasioso pensamiento de que, en cualquier momento, Spiderman pasaría sobrevolando la ciudad con sus telarañas. Para mi decepción, tardé poco en percatarme de que mi imagen sobre aquel lugar estaba del todo equivocada. Las personas deambulaban taciturnas de un lugar para otro. Esbozaban falsas y endebles sonrisas para sus fotos que, tras unos pocos retoques, compartían en sus perfiles. Permanecían obnubilados en sus teléfonos incluso cuando estaban acompañados de otras personas. Estaban cerca, pero nunca juntos.

Aquello me hizo reflexionar. No se trata del lugar donde te encuentres, ni siquiera el cúmulo de pertenencias que atesores lo que induce la felicidad. La felicidad se encuentra en nuestra relación con nosotros mismos. Ignora lo material y trasciende la compañía. Por eso, debemos tratar de cultivarnos, de aprender a querernos y de disfrutar de ser como somos. Buscar ser nuestra mejor compañía pues, en última instancia, somos quienes nos acompañarán en el transcurso completo de este viaje que llamamos vida.

 
 
 

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