top of page

LA CARA OCULTA

  • Foto del escritor: iam
    iam
  • 21 abr 2021
  • 7 Min. de lectura

Es de noche. La impenetrable oscuridad envuelve cada rincón del páramo por el que transcurre la anticuada carretera con dirección a Sadville. Desde el cielo, los faros de un viejo Chevrolet zigzagean por el paisaje, confiriendo algo de luz a la escena. En su interior, Richard Manson, un veterano policía local, regresa a casa tras una tediosa jornada laboral. Con una mano al volante, consigue habilidosamente encenderse un cigarrillo. Una fuerte tormenta primaveral arrecia con fuerza los cristales del coche, y dificulta atender a la tertulia de la radio local acerca de las nuevas medidas adoptadas por el gobierno. Por momentos, la lluvia parece echar el resto golpeando con fuerza la luna, por lo que Manson se ve obligado a ajustar el limpiaparabrisas a la máxima potencia. El agua le hace percibir su entorno de manera imprecisa, borrosa. Similar a cuando todavía era sólo un crío y, por temor a las burlas de sus compañeros, se negaba a ponerse las gafas pese a su evidente miopía. No obstante, la visión es lo suficientemente clara como para advertir cómo los árboles a ambos lados de la carretera, emergen de entre la oscuridad y vuelven a desaparecer cuando los faros del coche los deja atrás. Surgiendo de la nada por un breve instante y, dejando de formar parte de la realidad en apenas unos segundos.


En ese mismo instante, un atemorizado niño de apenas seis años, despierta sudoroso de una horrible pesadilla. Todavía desubicado por el sueño, tarda varios segundos en recordar donde se encuentra. Es entonces cuando desea fervientemente regresar a su pesadilla, pues, por muy horrible que fuera, al menos en su pesadilla está seguro de que no es más que eso, un mal sueño. Sin embargo, su situación es muchísimo peor que cualquiera de las pesadillas que puede recordar. La reducida habitación en la que se encuentra apenas le permite estirar las piernas, se siente entumecido. Le resulta un arduo trabajo mental recordar cuantos días lleva allí cautivo. Añora el calor de su casa casi tanto como añora a su familia. Pero el hombre gordo con olor a humo no le dejará jamás salir de ahí. Se lo ha dicho.

Se acerca cauteloso a la puerta, procurando hacer el menor ruido posible. Sabe que al hombre no le gusta que haga ruido y, sino, le obligará a dormir con él y frotará el bulto de su entrepierna contra él mientras resopla muy fuerte, como si le costara respirar. Pega la oreja contra la húmeda madera e intenta afinar sus sentidos, procurando escuchar si el hombre ya está en casa. Pero no oye nada, salvo el lejano sonido del agua correr por las tuberías. Parece que fuera está lloviendo.


El Chevrolet El camino del agente Manson estaciona en uno de los sitios libres del aparcamiento junto a la deslucida taberna Stephanie´s. Las coloridas luces led con el nombre del bar, resaltan la maltrecha fachada del establecimiento. Cualquier forastero podría pensar que Sadville había vivido tiempos mejores, que no se trata más que de un pueblo olvidado que, consecuencia de la falta de turismo, había descuidado su imagen hacía ya mucho tiempo. Pero nada más lejos de la realidad. La imagen del pueblo se ha mantenido imperturbable tanto como la memoria de Richard logra alcanzar y, muy a su pesar, eso es mucho tiempo. Al acceder a la taberna, el señor Manson siente la típica amalgama de miradas dirigidas a su persona cada vez que entra en un establecimiento. Miradas a las que tan acostumbrado está debido a su oficio. Algunas complacientes, otras de menosprecio... Es una de esas cosas que nunca se menciona pero que es característica de la profesión de policía. Pocos segundos después, las personas congregadas en el pub pierden interés por él, y retoman sus conversaciones. El ascendente bullicio de los allí presentes se entremezcla con la música de fondo.

Richard, se sienta en una de las butacas libres al fondo de la barra y pide una cerveza. Debido a su trabajo, por suerte o por desgracia, conoce a algunas de aquellas personas. La mayoría pasaron la noche en el calabozo por frecuentar sitios como este, y tener la genial idea de coger el coche cuando apenas podían articular palabra. Pero de entre todos ellos, es Odell Kemper quien atrae especialmente su atención.

Hace un par de años, Richard y uno de sus compañeros recibieron una llamada de una anciana de Sadville alertándoles de lo que parecía una fuerte discusión en el piso de uno de sus vecinos. Cuando llegaron a la zona y salieron del coche patrulla, los gritos procedentes de la casa en cuestión, eran perceptibles a unos metros del edificio. Una pareja de jóvenes parecía tener una encendida pelea. El sonido de la puerta pareció poner fin al altercado. Les abrió un joven Odell, que para entonces apenas superaba los veinte años. Tras unas preguntas rutinarias, el joven accedió a dejarles entrar. El piso, pequeño y algo desordenado, parecía ser la primera vivienda de aquella pareja recientemente independizada. Al entrar en la habitación, la novia de Odell, de cuyo nombre el agente Manson no logra acordarse, aguardaba sentada en una de las esquinas de la cama. Lloraba desconsoladamente con los brazos entrecruzados y ligeramente encorvada, como queriendo hacerse lo más pequeña posible con tal de no llamar la atención. Mientras su compañero revisaba el resto del piso junto a Odell, Richard se acercó a la chica. Arrodillado frente a ella, pudo apreciar como esta rotaba su cuerpo en un gesto casi imperceptible antes incluso de que el agente entablara conversación con ella. Fue en ese momento cuando pudo apreciar varios moretones en el brazo. No fue necesario mucho más para que los agentes arrestaran a Odell por malos tratos y se lo llevaran a comisaría.

Fue justo antes de salir del piso, el momento que a Richard se le quedaría grabado para siempre en su memoria. El joven, esposado, dirigió una mirada a su pareja que, sollozando, aguardaba el momento en que se lo llevaran, desde el umbral de la puerta de la habitación. A pesar de su cara inocente, podía vislumbrar en la mirada del chico un odio irreprimible. Aquella mirada parecía ser la ventana a la cara oculta de Odell, una faceta suya casi nunca perceptible para el resto, salvo en ocasiones puntuales, en las que su verdadero yo se apoderaba de él.

Desde ese momento, Richard ha considerado que todas las personas tenemos esa parte oculta. Que no es mas que la esencia más pura de nuestra personalidad. La cual, en la mayoría de los casos, preferimos no mostrar al resto. Era algo similar a los árboles de los costados de la carretera. Permanecen escondidos para nuestros ojos por mucho tiempo hasta que, por alguna razón, emergen de entre las sombras.


La pequeña habitación cada vez está más fría a consecuencia de la humedad. Acurrucado en una esquina, el niño cubre sus piernas desnudas con la delgada manta de la que dispone en aquel cuarto. Tirita tan fuerte que hace que le duelan los huesos de las piernas, mientras reza porque el hombre se apiade de él y le ofrezca algo caliente para comer. Siente el irrefrenable deseo de pedir auxilio lo más alto que su voz le permita, pero teme por su vida. Y, sobretodo, teme al hombre que ahí lo esconde. Se pregunta si sus padres estarán preocupados por él y si lo estarán buscando. Desea que no estén muy tristes, pues él está siendo lo más valiente que puede para poder volver a verlos pronto.

De pronto, escucha el ruido del motor de un coche, que aparca cerca de donde se encuentra. ¿Será la policía que me ha encontrado? ¿O habrá vuelto el señor? Se pregunta. Sus ganas de salir del infierno en el que se encuentra le impulsan a golpear la puerta de la habitación lo más fuerte que puede. No se atreve a gritar, es demasiado osado. Golpea. Golpea tan fuerte que sus débiles nudillos se resienten. Pocos segundos después, escucha el sonido de las llaves abriendo la cerradura de la puerta principal de la casa. Respira aliviado por no haberse arriesgado a gritar, si el hombre lo hubiera escuchado… Comienza a percibirse cierto barullo en el piso de arriba de la casa, además de los pasos del señor.

Entonces, sabe que el hombre está bajando, pues reconoce el crujido de uno de los escalones de las escaleras que dan al sótano. Seis pasos después, se enciende una luz, visible entre los tablones de la puerta. El señor se acerca hacia él.


Se abre la puerta, el hombre, con una prominente barriga, le pide con voz suave que le siga. El chico ya sabe lo que le pedirá en unos instantes. Llegan a la sala principal del sótano. El señor, le dice que se detenga en el centro, frente a la única bombilla que penosamente ilumina aquella habitación. El miedo asciende por la columna del niño, que permanece inmóvil en su posición, hasta parar en su nuca. Ya no tiembla de frío, sino de terror, pese a saber lo que viene a continuación. Mientras tanto, el hombre prepara la cámara estratégicamente posicionada sobre el trípode, y la lucecita roja de la cámara se enciende. Sin quitarle ojo al pequeño frente a él, se acomoda en un sillón junto a una pequeña mesilla. Comienza a sonar la música.

Los ojos aterrados del niño le observan con atención. Tras servirse una copa de ron y encenderse un puro, el hombre pierde la paciencia y vocifera para que empiece. Sobresaltado, el chico comienza a desvestirse mientras baila al son de la canción.

- ¡Así me gusta! -anima el hombre con voz áspera, mientras se acomoda en el sillón.

Pero algo incordia al hombre que, de pronto saca un objeto de uno de sus bolsillos. Sin dejar de bailar y, totalmente desnudo para entonces, el chico no quita ojo a aquello que el señor ha colocado en la mesilla. Parece una especie de cartera, cuadrada, con una insignia distintiva en ella.

- ¡Gírate! Quiero ver ese culo que tienes. -añade el hombre, mientras se coloca el creciente bulto que se está formando entre sus piernas.

El chico, obedece sumisamente. Quiere evitar acabar acompañando al señor a su cama otra vez por ser “un mal chico”. Pero quiere saber más acerca de esa cartera. Cuando vuelve a mirarlo de frente y, sin parar de bailar, fuerza la vista para analizar mejor de qué se trata. De pronto, su cara palidece más aún, es la placa de policía. El hombre que lo esconde en ese lugar es el policía Manson.


El alcohol, no siempre sienta bien al buenazo de Richard pues, en ocasiones, provoca que su mente divague hacia pensamientos que prefiere evitar en sus streaptease privados. Pensamientos como el de ahora, que le recuerda que, al igual que Odell, él también tiene una cara oculta escondida en la más profunda oscuridad.










 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
LA CARA OCULTA

La impenetrable oscuridad envolvía cada rincón del páramo por el que se sucedía la anticuada carretera con dirección a Sadville. Desde el...

 
 
 
CATÁRSIS parte I

“Lo que entonces quedó sin escribir se ha visto posteriormente inscrito en lo que hoy conozco como mi yo (…)” Todo cuanto amé, Siri...

 
 
 
LOCUTORIO MARIA TERESA

El locutorio María Teresa se encontraba en la planta baja de un deslucido edificio a las afueras de Bilbao. Anteriormente, el local había...

 
 
 

Comentarios


Publicar: Blog2_Post

Formulario de suscripción

¡Gracias por tu mensaje!

  • Instagram
  • Twitter

©2020 por Ridstories. Creada con Wix.com

bottom of page