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MILLIE´S TROUBLE

  • Foto del escritor: iam
    iam
  • 29 mar 2020
  • 16 Min. de lectura

JUEVES 20 DE MARZO.




A pesar de llevar viviendo en el mismo barrio desde que se mudara de la casa de sus padres en el desolado y tedioso pueblo de Chambersburg, Pensilvania. Millie Dingle, más conocida como Millie´s trouble, su sobrenombre en las redes sociales, a penas se había relacionado con sus vecinos. De hecho, le resultaba un arduo ejercicio mental tratar de recordar el apellido de más de tres familias de su vecindario. No es que fuera una persona asocial o desagradable, sino todo lo contrario, se ganaba la vida gracias a que más de nueve millones de personas en YouTube la consideraban una mujer carismática e interesante. Sin embargo, y pese a poseer una residencia, su trabajo le imposibilitaba asentarse en un mismo lugar por más de cinco días, lo que había acabado por afectar a sus relaciones. Además, el hecho de encontrarse en una constante sucesión de viajes y reuniones, llevaba deteriorando tanto su estado físico como anímico desde hacía ya un tiempo. Tanto era así que hace un par de meses, su médico de cabecera le había recetado unos antidepresivos para ayudarla a sobrellevar el ajetreo de su actual estilo de vida.

Tras despertarse temprano aquella mañana, Millie se servía un café en la encimera de su cocina. Apoyando la cabeza sobre su mano derecha, contemplaba todavía adormecida, a su anciano vecino del chalé de enfrente tirar la basura mientras fumaba un cigarrillo. Veía a aquel hombre tirar la basura tres veces por semana, siempre a la misma hora. Aún sin conocer siquiera cómo se llamaba, se había vuelto parte de su rutina, por lo que Millie no se podía resistir a fantasear con cómo sería su vida durante los aproximadamente dos minutos que le llevaba acercarse al contenedor y volver a meterse en casa. Aquel anciano canoso casi calvo había pasado de ser abogado a comercial, había hecho sus pinitos como contable en alguna empresa logística y hasta había sido miembro del Tribunal Supremo. Pero aquella mañana Millie estaba especialmente abstraída, y para cuando quiso darse cuenta, el anciano estaba rascándose el culo justo antes de cerrar la puerta de su casa y perderle de vista.

A través de la ventana situada a su espalda, sobre el frigorífico y al final de la encimera en la que se apoyaba, una tenue luz con forma oblicua accedía lentamente y reflejaba en el suelo laminado de la habitación. Cuando el reloj del móvil de Millie marcaba las nueve y media, su asistente personal Andy, tan puntual como de costumbre, le llamó para ponerla al día de su agenda. Con la mirada perdida en las cortinas rosa chicle del ventanal junto al salón, dibujaba círculos en la boca de su taza de café mientras aparentaba prestar atención al insoportable parloteo matutino que precedía sus días de constantes idas y venidas. Por lo que parecía, iba a ser un día particularmente tranquilo. Andy se pasaría a recogerla sobre las cinco para acercarla a la nueva tienda de MAC Cosmetics, donde presentaría la nueva gama de barras de labios con el mismo nombre por el que le conocían en las redes sociales: Millie´s trouble.

Se había planteado en más de una ocasión cambiar ese estúpido nombre que la llevaba representando desde que tuviera dieciocho años. Pero Andy siempre le había insistido en que Millie´s trouble se había convertido ya en una marca personal que no convenía modificar hasta, por lo menos, el momento en que sus ingresos dejaran de depender de toda esa gente que la adoraba pese a no conocer de ella más que la siempre cordial y positiva imagen de sí misma que había decidido mostrar al mundo.

Y que tanto dista de la realidad, pensó.


Después del pequeño subidón provocado por la cafeína, decidió no precisar de su dosis diaria de Citalopram (su particular antidepresivo), cuyo prospecto guardaba en el estante de la entrada junto a las llaves. De vuelta en su habitación, Millie encendió el equipo de música. Esa mañana deleitó a su siempre fiel auditorio de geles, champús y suavizantes de pelo con sus dotes para el canto y el baile, con un apasionado dueto junto a Billie Joe Armstrong, entonando como buenamente podía:


“(…) I´m so fucking happy I could cry

Every joke can have its truth but now the joke´s is you (…)”


Habiendo agradecido al señor Garnier, la señora Tresemmé y los inseparables hermanos Dove, la ensordecedora ovación recibida, se detuvo por unos instantes a examinar su cuerpo desnudo frente al espejo del cuarto de baño. Las luces incandescentes en el techo permitían apreciar una protuberancia en el abdomen que crecía con el paso del tiempo. No obstante, su aumento de peso había provocado, al mismo tiempo, el desarrollo de otras partes del cuerpo con las que estaba más conforme. Tirando del michelín hacia arriba, como si se tratara de un ser inerte sin relación alguna con el resto de su cuerpo, dirigió una mirada afligida a la robusta mujer del espejo antes de cubrirse con el viejo albornoz apoyado en la mampara.

Ataviada con la vieja bata de baño de puños raídos, se acercó, móvil en mano, al tocador próximo a la única ventana de su habitación. Donde la luz solar confería una tonalidad magenta a todo el cuarto, al atravesar la endeble tela de las cortinas. Encendió las luces led del espejo frente a ella para ganar claridad. Su luminosidad destacaba el color avellana de sus ojos ligeramente rasgados. Lo bueno de ser un personaje público, es que las marcas de cosméticos se mueren porque utilices y publicites sus productos, por lo que no escatiman en gastos a la hora de regalarte muestras de todos sus artículos, pensó al reparar en el exorbitante tamaño del escritorio en el que se encontraba.

Al cabo de un rato, los estridentes chillidos de los hijos de la casa de al lado comenzaron a entremezclarse con la vibrante voz de Whitney Houston, justo en el momento en que Millie intentaba aplicarse sombra de ojos. Aquellos insoportables griteríos habían acabado con el relajado ambiente imperante en la habitación. Millie, que de manera inconsciente agarraba la sombra de ojos cada vez con mayor vigorosidad, decidió aproximarse a la ventana. Apoyada en el marco del ventanal, observaba a los dos pequeños granujas culpables de su fastidio corretear por el jardín durante la soleada mañana del primer día de primavera. En ese mismo momento, Brenda Robicheau, una de las pocas vecinas a las que conocía por haber sido quien le entregara las llaves de la casa, se acercaba corriendo junto a su pequeño y encantador schnauzer. ¿Cómo se llama el perro? ¿Jodie? ¿Joe? ¿Jowie? Como fuera que se llamara, la escena ante sus ojos irradiaba un encanto especial que Millie no estaba dispuesta a dejar pasar, así que cogió su móvil y tomó una foto de aquel momento. Le aplicó un par de efectos y listo: foto añadida a su historia.

De vuelta frente al espejo del tocador, Millie trataba de obviar los eufóricos alaridos que por momentos parecían aproximarse intencionadamente hacia ella para sacarla de sus casillas. Subió el volumen de la música. Se acicalaba el ojo izquierdo mientras reflexionaba para sí misma sobre la capacidad armonizadora de la música. De manera inconsciente, sus pensamientos se dirigieron hacia otros derroteros, evocando en su mente un recuerdo del pasado que ganaba lucidez. En él, una joven escuálida Millie compartía su primer cigarrillo junto a su inseparable amiga Jessica en un recóndito escondrijo bajo el puente Wolf. Sus familias no eran muy pudientes económicamente, por lo que sus tardes de verano consistían en ver pasar las horas sentadas en las viejas sillas plegables que su padre guardaba en el garaje. Recordaba el mareo provocado por el tabaco, con la misma precisión con la que recordaba que Jessica, con su característico lunar sobre el costado derecho del labio, de vez en cuando se animaba a bailar al ritmo de los compases de Mobb Deep, que conformaban la banda sonora de su infancia.

La ansiedad que instintivamente generaba en ella rememorar esos tiempos, le obligó a acercarse a toda prisa a la cocina sin siquiera acabar con el maquillaje del ojo derecho. Atravesó el pasillo atendiendo a las últimas notificaciones de su móvil sin separar la vista de la que se había convertido, en los últimos tiempos, en la extensión de su brazo. Engulló, casi sin respirar, media docena de Chips Ahoy antes de utilizar la manga del albornoz para limpiarse los restos de chocolate. Después, como si de un león hambriento se tratara, abrió la nevera en busca de su siguiente presa. Apoyada sobre el panel de control, su voz interior más sensata le aconsejó desistir de su particular caza y, tras unos segundos de lucha interna, decidió seguir el consejo de aquella voz a la que no acostumbraba a escuchar en ocasiones como esa. No sin antes dar un enérgico trago de la botella de leche, tras lo cual, eructo.

La luz procedente de la ventana sobre ella, iluminaba ya toda la cocina y confería un brillo envidiable para fotografiarse, por lo que se dispuso a tomarse un par de selfies. Pero, al abrir la cámara frontal, cayó en la cuenta de que estaba a medio maquillar, lo que le produjo una risa ahogada que se perdió en la inmensidad de su chalet. Guardó el móvil en uno de los bolsillos de la única prenda que cubría su cuerpo desnudo y, al acercarse al salón, la presencia de una silueta antropomórfica en la penumbra despertó su interés. ¿Era una persona lo que estaba viendo? Sintió como se le agudizaban los sentidos. En un primer momento, quiso autoconvencerse de que su cabeza le estaba jugando una mala pasada, conque frunció el ceño en un frustrado intento de agudizar su vista, pero no consiguió ver nada más que una silueta similar a la de una persona que parecía estar sentada en el sillón del salón de su casa. Un ligero cosquilleo recorrió cada parte de su cuerpo cuando por fin logró apreciar con claridad lo que se hallaba ante sus ojos: un hombre trajeado estaba sentado en el sillón frente a ella y la observaba fijamente.


Un sinfín de preguntas recorrieron su mente, ¿Quién era ese hombre? ¿Cómo había entrado en su casa? ¿Qué intenciones tenía? ¿Era peligroso? ¿Estaba armado? ¿Qué pretendía hacer con ella? Pero Millie permaneció en silencio, paralizada por el miedo, con la misma expresión que la de un conejo deslumbrado al ver un coche aproximarse hacia él mientras cruza una carretera. El hombre, con semblante serio y sosegado, no desvió la mirada de ella. Con las piernas entrecruzadas y los brazos extendidos sobre los reposabrazos, emanaba una tranquilidad que acrecentaba el temor en Millie. La luz de la única ventana del salón iluminaba el margen contrario de la sala, por lo que, tanto el sillón como el resto de mobiliario junto a él se hallaban en la penumbra. Los segundos le parecieron horas. Una plácida balada de Alie Gatie rellenaba el tenso silencio del momento. Cuando reunió el valor suficiente para articular palabra, aquel extraño pareció interpretar sus intenciones y alzó su dedo índice en un discreto gesto que Millie interpretó sabiamente como un: Cállate. Después, señaló el sofá tipo Chester del lado opuesto del salón.

- Siéntate, por favor. -dijo por fin el hombre con voz enronquecida en un tono similar al de una orden militar.

Millie, escrutaba su rostro en busca de algún gesto delator que le permitiera averiguar qué pretendía, pero el hombre se mantenía impasible. Tardó unos segundos en obedecer y, al sentarse, recordó que estaba prácticamente desnuda, salvo por el cochambroso albornoz que apenas cubría su cuerpo. Así que entrecruzó las piernas y se arropó la zona del pecho lo mejor que pudo, después, volvió a dirigir la mirada hacia el hombre. Todavía podía escuchar algún grito infantil, pero parecía que los niños habían huido de allí, pues daba la sensación de que estuvieran a kilómetros de distancia. Después de unos segundos de silencio, el hombre se echó la mano a uno de los bolsillos de su pantalón. Pudo apreciar, mientras lo hacía, como la cara de la mujer a medio maquillar ante él se tornaba aún más desconfiada, lo que le produjo una risa maliciosa. Parecía estar disfrutando de la situación. Entonces, Millie, vio como sacaba un paquete de cigarrillos de su bolsillo y encendía uno de ellos. Exhaló el humo de su primera calada elevando ligeramente la vista.

- No he podido evitar fijarme en tu jardín. -confesó el extraño, captando la atención de la mirada nerviosa de Millie.- ¿Sabías que la idea de plantar jardines frente a residencias privadas surgió entre los aristócratas franceses e ingleses de la Edad Media?

La expresión asustada de Millie se tornó confusa. Lo único que los separaba en ese momento era la mesa de centro del salón, donde destacaba la presencia de la arcaica tetera en porcelana que Millie había comprado en uno de sus primeros viajes a Japón y, junto a ésta, varios ejemplares de la revista Vogue desperdigadas sobre la mesa.

- A nadie antes se le había ocurrido la idea pues los jardines bien cuidados requerían de terreno y mucho trabajo, más todavía cuando no existían cortacéspedes ni aspersores automáticos. Además de que, a cambio de ese agotador sacrificio no producían nada de valor. -dio otra calada al cigarro.- De ahí que a ningún pobre campesino de la época se le ocurriera dedicar tiempo o espacio a una parcela de la que no fuera a sacar beneficio alguno.

El hombre, cuya corpulenta figura ceñía el elegante traje y le otorgaba un aspecto incluso más amenazador a los ojos de Millie, tiró la ceniza al suelo, que fue a parar a la alfombra de lana bajo él.

- Así que no es de extrañar que los jardines, al menos durante los primeros años posteriores a su creación, fueran una especie de símbolo de estatus social. Para los ricos de la época era una clase de extravagancia verde que decía: ¡mirad!, soy tan rico y poderoso que puedo permitirme tener esta extensión de césped inútil. -dijo extendiendo los brazos, recreando ser uno de aquellos aristócratas vanagloriándose de sí mismo.

¿De qué demonios está hablando? ¿Está realmente cuerdo este hombre? La situación ante sus ojos parecía cada vez más irreal, tanto que Millie dudó incluso si podría ser producto de su imaginación. Pero realmente estaba viendo a aquel hombre, joder, incluso podía oler el acre y espeso olor del humo del cigarro que estaba fumando.

- Pe… Pero ¿Por qué me cuenta todo esto? Señor… - se atrevió por fin a preguntar Millie, con voz titubeante y especialmente melosa, procurando no alterar a aquel desconocido cuya salud mental empezaba a poner en duda.

Al escucharla, el hombre rió sarcásticamente mientras negaba con la cabeza, dando a entender que debería haber captado ya por donde iban los tiros. Seguidamente, sin dejar de mirarla y con una forzada sonrisa que evocó en Millie una imagen mental del célebre muñeco diabólico Chucky, se incorporó del sillón. Fue en ese momento cuando pudo por fin cerciorarse del enorme tamaño del hombre ante ella. Aunque todavía le era imposible apreciar su cara con precisión, pues se mantenía en la sombra.

- No me digas que no sabes qué tienen que ver contigo, -le respondió él, con los brazos en jarra y sin deshacerse de aquella inquietante sonrisa.- Millie.

Fue al escuchar su nombre salir de aquella impecable dentadura, cuando el terror volvió a apoderarse de ella. ¿Cómo puede saber mi nombre? Él pareció percibirlo y, volviendo a su característica expresión seria, comenzó a pasearse por las inmediaciones del salón, en dirección al aparador donde Millie atesoraba los diferentes galardones que había obtenido por su trabajo. Fue entonces cuando supuso que el hombre habría leído su nombre en alguno de ellos, por lo que volvió a calmarse ligeramente.

- Me sorprende de veras, la degradación que ha experimentado la humanidad durante los últimos años. -continuó, observándola cigarrillo en mano. A Millie le sorprendió su capacidad de cambiar de asunto sin relación aparente.- En épocas pasadas, la gente te respetaba siempre que tus actos fueran honrados y fueras fiel a tu palabra. En cambio, hoy en día…

¡Ding! En ese preciso instante, Millie recibió una notificación al móvil que sonó estrepitosamente y cortó el discurso del pesimista orador que había demostrado ser aquel entrometido. Sintió como el rubor ascendía desde el pecho, percibiendo un creciente calor por la cara, y dirigió una mirada al techo como queriendo escapar de aquella situación. Se acabó, este es mi fin, pensó. El hombre, se posicionó delante de ella, desde donde parecía todavía más alto, y le arrebató el teléfono del bolsillo sin que pudiera oponer gran resistencia. La parte inferior del albornoz se movió ligeramente, permitiendo entrever una serie de cicatrices de quemazones en su cadera derecha, pero Millie no se percató de ello, pues centraba toda su atención en el rostro pálido y huesudo ante ella.

- ¡A esto es a lo que me refiero, Millie! -comentó alzando por primera vez la voz, con los ojos esforzándose por no salirse de sus cuencas, mientras sujetaba el teléfono entre sus dedos pulgar e índice.- Este es el principal responsable de toda esa degradación. Bueno, ésto y las personas como tú.

Añadió, mientras colocaba el móvil junto a la tetera y volvía a recostarse en el sillón. Donde, una vez acomodado, continuó con su discurso.

- Personas-jardín que, como en tu caso, su trabajo carece de valor alguno y se fundamenta en la imagen que procuráis mostrar al mundo y que, como ambos sabemos, Millie, tanto dista de la realidad. Pues, ¿por qué sino iba una feliz y carismática mujer a la que adoran millones de personas a autolesionarse apagando cigarros en sus muslos?

Aquella pregunta provocó que Millie sucumbiera en su afán por mostrarse serena y psicológicamente estable, pues un desconocido que se había colado en su casa al que no había visto nunca parecía estar desmantelando en minutos la imagen de mujer fuerte y segura de sí misma que llevaba años cimentando. Mientras veía como el hombre en el sillón parecía no inmutarse e incluso disfrutar en una especie de placer sádico, tuvo la sensación de que la profunda sombra que tanto había luchado por olvidar volvía a ocupar y cubrir cada rincón de su pensamiento, como la oscuridad imperante en una cueva inexplorada.

Pero el asunto no había parecido acabar para aquel desalmado hombre.

- ¿Crees de verdad, Millie, que eres tú la persona ideal para ir dando mensajes de positivismo y autoconfianza al resto? ¿O estás de acuerdo conmigo en que eres una puta hipócrita más que ha encontrado en las redes sociales una vía fácil de ganar dinero engañando a millones de personas que te toman como un referente para sus vidas?

El hombre no alzó su tono de voz en ningún momento, manteniendo un tono tranquilo y sosegado en concordancia con su semblante serio, similar al locutor de televisión que informa a sus espectadores de la repentina muerte de su presidente. Millie, que había dejado de preocuparse de su albornoz hacía un tiempo, lloraba desconsolada. El equipo de música reproducía una alegre canción de ritmo latino que hacía casi imperceptibles sus sollozos. Pasó casi un minuto hasta que el hombre volvió a tomar la palabra.

- Para serte sincero, esas mierdas de quemaduras que te provocas en las caderas no son nada comparado con el verdadero castigo que a mi juicio te mereces por ser la escoria de persona que eres. -pese a que su vocabulario se había vuelto mucho más agresivo, se mantenía calmado, observando el deplorable aspecto que presentaba en ese momento la mujer con el maquillaje del ojo izquierdo corrido sentada en el sofá frente a él.- Eso sin tener en cuenta que, pese a ser consciente de todo, sigues aprovechándote de ello y, gracias a todas esas personas a las que engañas, puedes llevar un estilo de vida muy superior que la mayoría de tus seguidores. Incluso muy superior que la vida que tus padres, que a pesar de ser personas honradas, pueden permitirse. -después de dar la última calada a su cigarro, lo apagó en la parte más cercana a él de la tetera. Dejando caer con desprecio la colilla a la mesa de centro.- ¿No te parece eso egoísta y ruin?

Millie, cuyo seno izquierdo estaba totalmente al descubierto y permitía apreciar que temblaba de forma vehemente, se tapó los ojos con las palmas de sus manos y bajó la mirada al suelo. Se sentía abatida. Aquel hombre parecía la reencarnación de sus pensamientos más negativos, pues estaba verbalizando todas las ideas que tanto le habían costado acallar, o por lo menos, ocultar al mundo. Pero, justo cuando el hombre se disponía a proseguir, una oleada de rabia e impotencia se apoderó de Millie.

- ¿¡Y qué quieres qué haga!? -le gritó Millie lo más alto que pudo, volviendo la mirada hacia él. Pues comprendió que temía más a su cabeza que a cualquier cosa que aquel corpulento hombre sentado en su sillón pudiera hacerle.

El hombre sonrió de medio lado, pues parecía ser esa la clase de reacción que esperaba provocar en Millie. A continuación, se inclinó ligeramente hacia delante para extraer algo de la parte posterior derecha de su cadera. Millie, perceptiblemente afligida, con gesto arrugado y con la mayor parte de su cuerpo prácticamente al descubierto, contuvo la respiración hasta poder apreciar lo que aquel hombre estaba buscando.

- Quiero que hagas algo bueno por fin con tu vida -volvió a dibujarse en su rostro aquella siniestra sonrisa al tiempo que mostraba, finalmente, una pistola en su mano derecha.- y acabes con ella.

Tras lo cual, sin prestar especial atención a su reacción, colocó la pistola en la mesa de centro y sin articular palabra, se dispuso a abandonar la casa.

Millie, contemplaba absorta la situación ante ella mientras, en el rincón más oscuro y pesimista de su cabeza se desarrollaba, cada vez a mayor velocidad, un pensamiento que no veía con malos ojos seguir el consejo de aquel demente. Pero, intentando acallar dichos pensamientos, Millie empuñó el arma con ambas manos y apuntó a la cabeza de aquel tarado que agarraba ya la manilla de la puerta principal de su chalet. El hombre, bajo el umbral de la puerta, volvió la cabeza en dirección a la mujer que, con un más que evidente temblor, enfilaba el revólver hacia él. Pero el hombre se mantuvo imperturbable y, tras despedirse de Millie con una sonrisa, abandonó la casa. Misteriosamente sosegado, se detuvo por unos segundos en la entrada exterior a encender otro cigarro que, debido a la brisa de aquella maravillosa mañana, prendió con el tercer intento. A continuación, enfiló el sendero de piedras que a travesaba el impecable jardín frente a la lujosa casa de Millie. Durante aquel breve recorrido, un ensordecedor estallido procedente del interior de la casa retumbó por todo el vecindario.


Unas horas después de que el anciano señor Rifkin, un antiguo y reconocido ortodoncista, llamara evidentemente alterado por haber escuchado un estremecedor disparo procedente de la casa de enfrente, varios coches de policía se habían conglomerado frente a las inmediaciones de la calle donde vivía. Hace apenas una media hora que tanto su mujer como él, que permanecían atónitos en el ventanal de su salón escudriñando aquella escena propia de CSI, habían visto a un equipo de trabajadores sanitarios salir de la casa con lo que parecía el cuerpo de su joven vecina.

En ese preciso instante, un joven agente de policía llamó a la puerta de su casa. El agente, que el señor Rifkin sospechó estaba cubriendo su primer caso, pues aparentaba estar todavía impactado por la escena que acaba de presenciar, les agradeció su apresurada llamada. Después de haber respondido a una serie de preguntas sobre lo que habían visto y oído aquella mañana, la mujer del señor Rifkin, evidentemente preocupada por la situación, consultó al agente si deberían extremar las precauciones por si corrían peligro. Pero el principiante agente los tranquilizó comunicándoles que no debían preocuparse por su seguridad, pues todo apuntaba a que se trataba de un suicidio.

Tras interrogar a los vecinos de en frente, el joven policía regresó al salón de Millie, donde varios agentes recopilaban pruebas y transitaban la casa de un lado a otro sin un orden aparente. Al acceder al salón, preguntó a un rechoncho y canoso agente sobre su opinión acerca de los hechos. Éste, al ser preguntado, apartó la mirada de la tetera de estilo oriental de la mesa, que no presentaba ninguna marca de cigarrillo y, mirando las marcas de sangre y sesos de la pared del salón, le comunicó que estaba casi seguro de que la mujer se había suicidado con la pistola tirada en la alfombra. Además, añadió, parecía que la mujer llevaba un largo periodo de tiempo sufriendo de alguna especie de depresión, pues habían encontrado varios blísteres de Citalopram apenas consumidos.


 
 
 

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1 comentario


jonandoni1999
30 mar 2020

Una crack Jessica fiel seguidora de Moob Deep antes de que le diera una embolia cerebral a Havoc

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