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NÁUFRAGO A LA BEBIDA

  • Foto del escritor: iam
    iam
  • 29 jun
  • 8 min de lectura

No esperen encontrar en las líneas que siguen más que sueños inalcanzados y esperanzas perdidas. El primer sueño del que guardo recuerdo es el de convertirme en capitán de barco, pero el destino no guardaba grandes propósitos para mí y tuve que resignarme a regentar un bar. Mi infantil esperanza era soltar amarras y surcar los mares, pero terminé por encaramarme a barras y frecuentar bares.

Mi limitada adaptación a la cadencia con la que se regía la vida adulta se había materializado en una interminable sucesión de días idénticos, planos. Largos espacios en blanco que esperaban ser rellenados con creatividad. Sabedores de que, en lo tocante a mi persona, se trataba de una espera estéril. Mis días habían nacido condenados a permanecer inamovibles, encadenados a la intrascendencia. 

La única vía liberadora que este polizón de la decencia encontró a esa asfixiante situación fue la diligente inmersión en los placeres de la bebida. Supongo que se trata de otra de las desagradables ironías del destino, pues desde muy temprana edad fui un gran admirador de Colón y sus expediciones, con el tiempo, en cambio, podría decirse que mi fanatismo viró hacia una de sus carabelas: la Pinta.

Me hice con la propiedad de un bar gracias a una apuesta en otro.

Honestamente, desconozco los detalles de cómo di a parar allí. Los recuerdos de aquella noche no son más que retazos imprecisos hechos a vuelapluma. Supongo que el navío tambaleante que deambulaba sin rumbo en la madrugada consideró buena elección proseguir la embriagadora travesía en el faro de nombre Taberna La manzana. Fuera como fuese, ahí me encontraba yo aquella tempestuosa noche de martes, atracado en la barra frente al administrador portuario de aspecto enjuto cuyo nombre soy incapaz de recordar ahora.

La trémula luz del interior iluminaba la bruma del humo de los cigarrillos, que se contorsionaba hipnotizante confiriendo a la atmósfera una presencia pesada, casi sólida. El lóbrego ambiente parecía querer evitar que la concurrencia advirtiera lo desoladora de aquella estampa y saliera despavorida del lugar. Hecho que creía poco probable, pues los allí presentes éramos un conjunto de voluntarios apátridas exiliados al apacible confort producto de la ingesta alcohólica. En aquel retiro encontrábamos una muda fraternidad y un comunitario aislamiento, por mucho que supiéramos que se trataba de un transitorio espejismo cuya ilusión se desvanecería al día siguiente.

—   Debes prometer que no probarás gota. Mantente alejado de la bebida y todo irá bien, ¿me has entendido, muchacho?

Aquellas fueron sus palabras al entregarme las llaves del bar, no he sido capaz de borrarlas de mi memoria. Desde el momento en que fueron pronunciadas sobrevuelan mi mente como gaviotas, sólo que en este caso su presencia no presagia nada positivo, sino que manifiestan una intangible advertencia premonitoria. Tácita, pero de ningún modo superflua. La amenaza de su materialización hace que me estremezca cada vez que resuena en mi pensamiento.

Con la mente todavía embotada y el cuerpo entumecido me dirigí a la dirección (escrita con letra sibilina en el llavero que hube ganado la noche anterior) de la que era mi nueva propiedad. Antes incluso de acceder al establecimiento no pude creer mi buena fortuna. El destino parecía reparar por fin en la sucesión de infortunios a los que me había sometido hasta entonces y haber resuelto apiadarse de mi persona. Soy incapaz de describir su majestuosidad, pero créanme si les digo que un desarrapado como yo no se hubiera acercado jamás a un lugar como aquel.

Exclamé un interrogante hola al entrar, sospechando todavía que aquello no había sido más que la pesada bravuconada de un borracho, pero una repetición de mi propia voz fue todo cuanto obtuve por respuesta. Allí solamente estaba yo, y ese maravilloso establecimiento me pertenecía ahora. No tuve demasiadas dudas con respecto al nombre que le pondría, la idea llegó a mí con la pulcritud y celeridad propias de una imagen profundamente arraigada: Los siete mares. Tres palabras que evocaban las truncadas aspiraciones de un idealista muchacho cuyas ambiciones habían sido arrojadas por la borda demasiado pronto.

Aquellos primeros meses, durante los cuales me ceñí al compromiso contraído con su antiguo propietario, fueron todo un éxito. La flor y nata de la comunidad parecía atraída a mi establecimiento con la misma incomprensible fuerza instintiva que las luces brillantes producían en los insectos las tórridas noches veraniegas. Desde mi particular cofa al otro lado de la barra veía a distinguidas mujeres reclinarse sobre líneas blancas y a hombres de pelo plateado coquetear con muchachas de la edad de sus hijas.

Todo cuanto allí ocurría enmascaraba un halo sórdido, obsceno, del que ni siquiera mi yo sobrio era consciente. El embrujo de Los siete mares preservaba la inocencia de sus visitantes de cuanto sucedía a su alrededor. Yo, por mi parte, no podía ser más dichoso. La vida por fin me sonreía.

Dejar de beber me permitió interactuar con personas, ser parte de la gente. Podría decirse incluso, que mi posición como dueño del establecimiento hacía que flotara por encima de ellos. Había dejado el exilio para zambullirme en el centro mismo de la vida en sociedad. Una vida que, pronto descubrí, se regía por un severo código ético. Una serie de preceptos morales incognoscibles que mis nuevas compañías acataban dócilmente y de los que me creía exento. Pero, para mi sorpresa, su fuerza gravitatoria era superior a mis tendencias antisociales, y pronto me vi atrapado en aquella misma dinámica en la que ahora navegaba con desenvoltura.

Era difícil no dejarse llevar por el éxtasis del contexto. El negocio marchaba bien y no tenía más remedio que seguir la corriente de la frenética energía que inundaba Los siete mares. Aquella aciaga noche donde me hice con los timones del bar empezaba a desdibujarse, un informe suceso del pasado. Alentado por el magnífico cambio de rumbo que parecía afrontar mi vida, decidí tomar un trago para celebrarlo. Uno sólo, me dije. Pero, al poco tiempo, no pude más que reparar en que mi mente empezaba a navegar sobre las sinuosas aguas de la embriaguez. Los tragos se sucedían y el mar parecía estar especialmente embravecido. ¡Izad velas¡ El capitán del barco Consciencia presagiaba una noche ajetreada.

Absoluta oscuridad.

Una cegadora negritud cubría la noche anterior. El pulso de mi resacosa cabeza pronto se acompasó con los latidos de mi corazón. Aquel familiar abatimiento había reaparecido, pero no era la única novedad. En un pequeño rincón de Los siete mares comenzó a emerger una humedad. Una presencia casi testimonial cuya ennegrecida existencia producía un efecto obsesivo en mí. Mandé que la cubrieran antes de la próxima velada y, con la caída de la noche, no era más que una anécdota. La asistencia fue la menos numerosa de las que tuviera recuerdo desde la apertura, pero, gracias a ello, pude despreocuparme y brindar con algunos de los clientes habituales. Brindis que se sucedieron hasta que, por segunda noche consecutiva, volvía a estar borracho.

Aquella situación se prolongó algunos meses.

Meses en los que trasegaba ron y cerveza a todas horas mientras la humedad no sólo reaparecía, sino que su tamaño aumentaba y su tonalidad putrefacta se acentuaba. Aquella mancha oscura se expandía como una necrosis decidida a terminar con la vida de su huésped. Mi creciente negligencia hizo que las goteras se multiplicaran tanto, que el escaso número de clientes que todavía visitaba el bar debía zigzaguear entre goteras hasta llegar a la barra.

El embrujo de inocencia había dado paso a una terrible pesadilla donde la realidad se percibía tan pesada que llegó a oprimirme. Las paredes parecían encoger con cada bocanada de aire que tomaba, hasta llegar a sentirme enclaustrado en aquel espectral resplandor de lo que hace poco había sido el centro neurálgico de la socialización.

Los siete mares hacía aguas, y su náufrago capitán flotaba de nuevo a la deriva.

Patético. Así me sentí cuando me decidí a dar por concluida mi aventura como hombre de negocios. Patético y cabreado. Sentía que los caprichosos designios del destino, o de dios, o de quien fuera, habían ido demasiado lejos con sus macabros planes. Acostumbrado al fracaso, este había sido diferente. Hasta ese momento, por muy desafortunada que hubiera sido mi situación, siempre me había arrastrado por el fango, sin el más remoto anhelo de aventurarme a alzar la vista para atisbar qué podría deparar un futuro mejor. Pero no, esta vez no había sido así. Ahora conocía los placeres que proporcionaba la fortuna, y el retorno al abismo resultaba una jugarreta excesiva incluso para esos acomodados jueces del porvenir.

La orgiástica polifonía de Los siete mares fue sustituida por el soporífero compás de una vida que creía olvidada.

Con el tiempo logré convencerme de que aquellos primeros meses en Los siete mares no eran más que un artificio falso y autocomplaciente para personas sin el carácter suficiente para reconocer que un voluntario distanciamiento, la agradable tranquilidad de vivir en el espacio en blanco entre los límites que encorsetaban la vida en sociedad, resultaba más satisfactorio. Nada de farsas ni poses. Ser uno mismo y no tener que dar explicaciones. Naturalidad por encima de imposturas.

Pero aún hoy me descubro evocando el comienzo de toda esta historia. La perspectiva me ha posibilitado reparar en algunos detalles que antes había pasado por alto. Recuerdo a aquel hombre cuya corpulencia hacía que se tambaleara como un marino principiante tratando de mantener el equilibrio en su primera travesía, y la forma en que sus frases serpenteaban en su boca y salían de ella acompañadas de una ocre fragancia a tabaco.

—   Debes prometer que no probarás gota. Mantente alejado de la bebida y todo irá bien, ¿me has entendido, muchacho?

Ahora soy capaz de percibir que, al momento de pronunciar aquellas fatídicas palabras, mi contraparte aquella velada pareció aumentar de tamaño. Sus músculos se tensaron y su anterior aspecto lastimero, se tornó vertiginoso e imponente. Su embriaguez se esfumó cuando gané la apuesta. La solemnidad de su semblante y la gravedad de sus palabras sin duda fueron una advertencia. Me prevenía de la gravedad del pacto que estaba por contraer con aquella victoria.

Si aquello era cierto, no había destino, dios o suerte al que acusar.

Y quizás siempre había sido así, sólo que resultaba liberador responsabilizar de mis fracasos a alguna entidad vaga que me eximiera de culpa. Creo que en el fondo siempre he sabido que era así, que siempre se había tratado de mí. Un ser defectuoso, eso es lo que siempre he sido. Alguien insignificante con aspiraciones por encima de su potencial. Un ingenuo soñador que no valía ni como tópico del marinero bebedor, pues nunca sería marinero.

Esta noche he vuelto a beber. Estoy de vuelta en La manzana, en la esquina de la barra frente a la puerta. El camarero me ha reconocido al entrar. Dice llamarse James. Enorme coincidencia, pienso. Hemos entablado una breve e insulsa conversación tras lo cual le he pedido una cerveza al capitán Cook. Ha percibido mis pocas ganas de charla y se ha marchado a la otra esquina, donde está secando vasos. Parece un extraño lobo de mar con un peculiar garfio de cristal que proyecta sutiles reflejos.

Acaba de entrar un joven en el bar, llevo un rato observándolo. Ha tenido que apoyarse en el marco de la puerta para no trastabillarse al bajar las escaleras de entrada. A pesar de su estado, soy capaz de entrever en su mirada un atisbo de esperanza por aquello que está por llegar, la incertidumbre siempre alentadora de un futuro inexplorado de infinitas posibilidades. Le he invitado a una copa. La ha alzado en mi dirección desde la otra esquina obsequiándome con una sonrisa. Desde que ha llegado mi mano se dirige instintivamente hacia el llavero que todavía guardo en el bolsillo del pantalón.

El chico se ha acercado, estamos hablando. Le he preguntado si le gustaría apostar. Ha dicho que sí.

 
 
 

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