SUNSHINE AVENUE
- iam

- 22 jun 2021
- 7 Min. de lectura
Actualizado: 1 nov 2021
Despierto desubicado, turbado. Con la vista borrosa, como si mis ojos estuviesen envueltos por una imperceptible capa de un material translúcido. Muy a mi pesar, no se trata de una sensación nueva para mí. A los doce años me diagnosticaron narcolepsia. Desde entonces, tanto mi familia como yo hemos aprendido a sobrellevar mi padecimiento de la mejor manera posible. Hay días mejores y peores pero, cada vez son más frecuentes los episodios en los que despierto en lugares donde no recuerdo haberme quedado dormido. Similar a la sensación que sentía cuando, de pequeño, me quedaba dormido en el sofá viendo la tele y, a la mañana siguiente, aparecía en mi cama como por arte de magia.
Tras unos segundos, mis sentidos se agudizan y me permiten apreciar que estoy en mi cuarto. Sentado en una de las esquinas de la cama, de espaldas al ventanal. Todavía me siento algo entumecido, así que no me aventuro a incorporarme. En la pared frente a mí, permanece todavía el póster promocional de Space Jam con mi ídolo de la infancia Michael Jordan posando junto a los icónicos personajes de los Looney Tunes. Pese a conferir un aspecto algo infantil para la habitación de un joven de mi edad, todavía no me he deshecho de él pues, una parte dentro de mi, recuerda con cierta melancolía aquellas épocas donde mi vida era como la del resto de niños. Tras esa época, vinieron años de constantes visitas médicas, pastillas y citas con psiquiatras.
Una vez habiéndome incorporado, me calzo mis deportivas y me giro sobre mí mismo. Me aproximo al ventanal. La luz solar que accede a través de ella confiere una claridad envidiable al cuarto. Echo una ojeada al despertador sobre la mesilla de noche, que marca las 16:21. Me pregunto cuánto tiempo habré estado dormido. De hecho, no recuerdo siquiera qué fue la última cosa que hice antes de quedarme dormido. Me extraña que mis padres no se hayan preguntado por mi, pues, mi condición, les hace estar más pendientes de mi de lo que nadie de mi edad estaría dispuesto a soportar.
Acabo convenciéndome de que, seguramente, hayan salido.
Salgo de mi habitación y me dirijo hacia el baño. La puerta del fondo a la derecha del segundo piso. Reparo en que todas las puertas están cerradas, algo ciertamente extraño en mi casa. Abro la puerta, un silencio ensordecedor envuelve cada rincón del domicilio. La mampara de la ducha frente a mi está abierta de par en par y, a través de la pequeña ventana oscilante de su derecha, no corre ni la más mínima brisa. Sin embargo, el bochorno de la calle es perceptible desde dentro del baño. Atravieso el espejo para cerrar la ventana y amortiguar el calor, que se me adhiere al cuerpo. Es cuando me acerco al lavabo cuando un gélido escalofrío recorre mi columna y empiezo a cuestionarme si realmente estoy despierto.
Uno, dos, tres, cuatro y cinco. La otra mano. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. En siete años como diagnosticado con narcolepsia, es esta la segunda vez que me veo en la obligación de usar este “truquillo” que me enseñó una de mis psiquiatras. Consiste en contarse los dedos de las manos para cerciorarse de que no se está en medio de un sueño. Pues, la gran mayoría de ocasiones, nuestro cerebro no considera necesario constituir un cuerpo totalmente fiel a la realidad debido a que casi siempre, las personas no reparamos en nuestros cuerpos cuando soñamos. Tras confirmarlo, vuelvo a mirar al espejo. Pero nada ha cambiado.
Siento como pequeñas gotas de sudor frío recorren mi frente. Sin embargo, no puedo verlo a través de mi reflejo en el espejo. El resto del mobiliario del baño se observa de forma nítida, incluso aquellas cosas que se supone, deberían encontrarse a mi espalda. Pero no ocurre lo mismo conmigo, es como si fuera invisible. Me acerco tanto como puedo al espejo pero sigo sin verme reflejado en él. Enciendo el grifo, recojo agua entre mis manos y la lanzó contra el espejo, que acaba empapado. Pero es como si el agua hubiese sido lanzada como por arte de magia.
“Pellízcate, si puedes sentir el pellizco, es que estás despierto”.
De pronto, recuerdo a mi madre diciéndome aquella frase alguna vez antes de que supiéramos qué era lo que me pasaba. Aún siendo consciente de que todas mis psiquiatras me habían recomendado hacer caso omiso de aquel consejo. La obedezco, desesperado. Pero estoy tan agarrotado que apenas siento mis dedos. Comienzo a percibir un nudo en mi garganta que me obstruye la respiración. Me obligo a pensar con claridad, a evadirme del terror que se apodera de mi para salir de esta coyuntura. Estudio el baño, angustiado, en busca de algo útil. Entonces, diviso mi cuchilla de afeitar en el estante de la pared junto al espejo. La cojo, observándola, aguardo unos segundos para reunir el valor suficiente para hacerlo. Y, a continuación, lo hago.
Presiono la cuchilla contra la palma de mi mano. Siento un intenso ardor mientras la cuchilla se desliza y de ella brota un pequeño reguero de sangre que rápidamente cubre mi mano, debido al agua que todavía mantengo de hace escasos segundos. Dejo caer la cuchilla sobre el lavabo. Todo parece transcurrir a cámara lenta. Advierto que la cuchilla no produce su correspondiente chasquido al chocar contra el mármol. Veo como las gotas de sangre que se derraman de mi mano parecen emerger de un punto indefinido del aire para chocar contra el suelo. Acerco mi mano hacia el espejo, para el que sigo siendo inexistente. Apoyo la mano contra el espejo, frío, y la mantengo por unos instantes. Al alejarla, su silueta se conserva, borrosa. Pero mi condición se mantiene imperturbable.
Huyo despavorido del baño. Desciendo las escaleras vociferando los nombres de mis padres como si fuera un niño alarmado. Pero mi voz se pierde en el vacío. Recorro el salón y la cocina a toda prisa. Dejando tras de mi una amalgama de rastros de sangre que dejan constancia de mi encolerizado estado mental actual. Pero ningún indicio aparente de la presencia de mis padres. Todo parece estar en un inquietante orden. Decido ocuparme del desastre que he ocasionado más adelante.
Abro la puerta principal de mi casa. Sunshine Avenue, la idílica calle de espectaculares casas unifamiliares en la que vivo, parece ser ajena a mi situación. Una maravillosa tarde de verano embellece todavía más el lugar. Pequeñas nubes espolvorean el cielo azul. Una brisa cálida y suave como una manta envuelve mi cuerpo al salir a la calle. Sensación que me retrotrae a aquellas noches cuando mi madre esperaba a que me durmiera a los pies de mi cama. La carretera que separa las dos calles que conforman Sunshine Avenue está escalofriantemente tranquila. A pesar del día que hace, ninguno de los niños del vecindario ha salido a andar en bicicleta o jugar con globos de agua. Por el contrario, la totalidad de la calle está vacía y en silencio.
Comienzo a caminar por el centro de la carretera. Cuando llego a la casa de la vieja señora Sullivan, me acerco hasta su puerta y toco el timbre que, por el imperante silencio, parece retumbar por todo el barrio. Pero no recibo respuesta alguna. Me arriesgo a observar desde una de las ventanas de la parte frontal, pero no atisbo movimiento alguno. Todo está tranquilo y ordenado. Giro asustado sobre mi mismo para mirar el resto de casas. Da la sensación de que todo el mundo ha salido despavorida del lugar sin acordarse siquiera de portar consigo ninguna de sus pertenencias.
Uno, dos, tres, cuatro y cinco. La otra mano. Uno, dos, tres, cuatro y cinco. Todo en orden. Pero esto no puedo ser real, debo estar soñando.
Paso a través del jardín de la señora Sullivan y, al cruzar junto a las flores que tanto cuida, reparo en un detalle del que no me había dado cuenta hasta ese momento. Ni las flores, ni ninguna de las casas, ni mi propia persona, crea sombra alguna pese al abrumador sol. Vuelvo a mirar a mi alrededor extrañado. Todo parece irreal. Como si hubiese encogido y me encontrara en la calle de miniaturas de alguna persona, iluminada por la lámpara de su sótano.
Uno, dos, tres, cuatro y cinco. La otra mano. Uno, dos, tres, cuatro y cinco.
Corro, sin ningún rumbo fijo. Intentando reparar en el mínimo movimiento posible. Acercándome a alguna de las casas, tocando timbres, esperando recibir una respuesta que cada vez tengo menos esperanzas en recibir. Hasta que de pronto escucho algo. Es el timbre de una bicicleta de niño. Estudio mi alrededor en busca del origen del sonido, esperanzado. Nada. De pronto, vuelve a sonar, y creo ver a una pequeña niña rubia de larga melena acercarse al porche de su casa. Acelero el paso lo máximo que puedo hasta que llego hasta la casa en cuestión.
Para mi sorpresa, la niña va acompañada de su madre. Con una melena más larga y del mismo tono que su hija. Ambas me dan la espalda. Se encuentran inmóviles frente a las escaleras de acceso de su casa. Me acerco a ellas reduciendo el paso para no asustarlas. Me percato de que ellas tampoco crean ninguna sombra. ¿Les estará ocurriendo lo mismo que a mi?
Cuando estoy a escasos metros de ellas, me presento. Pero parecen no escucharme y se mantienen dándome la espalda. Sin moverse de su posición. ¿Será que tampoco podemos hacernos oír? Me acerco unos pasos más. De manera educada, toco el hombro a la madre. Es entonces cuando ambas se giran al unísono. Proyectando ambas una bellísima sonrisa hacia mi. Pero algo en ellas me inquieta. Sus ojos, su mirada… Parece no encajar del todo con su expresión. Sus ojos, de un azul impactante, parecen mantenerse en una posición triste, pese a su sonrisa. Pero, aunque aquella estampa me inquiete, mi desesperación por hablar con alguien me lleva a preguntarles si saben dónde están el resto de personas.
Es cuando van a responderme cuando el día, de pronto, parece oscurecer. La oscuridad comienza a envolverlo todo. Ambas mueven la boca en el mismo momento, como si se tratara de la misma persona. Pero sus bocas, desubicadas ya y aterradoramente grandes, continúan creciendo de manera indefinida hacia abajo. Como si se derritieran. Emitiendo un sonido similar al de alguien tragando aire.
Uno, dos, tres, cuatro y cinco. La otra mano. Uno, dos, tres...


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